SIDA: metáfora apocalíptica

Artículos – Periodismo de opinión

Por Raúl Vallejo
PalabraSuelta, revista de cultura
, (Quito) 2 (1987): 32 – 34.

El misterio de una enfermedad genera miedo y el miedo, a su vez, ge­nera prejuicio. Los prejuicios, por ser de orden moral, desencadenan una serie de actitudes subjetivas cuando no irracionales: mientras más se desconoce lo que produce la enfermedad, la manera como esta opera en el cuerpo de las personas y, sobre todo, el tratamiento adecuado que permitirá la cura, los amigos del enfermo evitaran todo tipo de contacto para evitar cualquier posibilidad de contagio. Mientras la ciencia transita el sinuoso camino para dar con lo real de la enfermedad, el cuerpo social se encarga de fabricar la metáfora de la misma: la tuberculosis en el siglo X y el cáncer en el siglo XX, han experimentado este proceso. Pero sucede que a la verdad científica le cuesta instalarse en la verdad de la ideología: cuando llega la cura para la enfermedad ya no es al cuerpo al que hay que tratar sino al espíritu. Solo entonces desaparecerá la metáfora y só1o entoces la enfermedad podrá ser tratada como lo que es: la contraparte de la salud. Ambas, imbricadas en la vida y permanentes en lo que existe y habrá de desaparecer.

Un lenguaje de guerra

“La amenaza del SIDA —Síndrome de Inmuno Deficiencia Adquirida— es tan grande como cualquier amenaza planteada a esta nación por las naciones del eje”, declaró a la prensa de los Estados Unidos el senador republicano Lowell Weicker en alusión a Japón, Alemania e Italia durante la II Guerra Mundial, dos días después de que hubiera pronunciado un responso fúnebre para su amigo, el diputado republicano Stewart McKinney que murió de SIDA, señalando a la enfermedad como un enemigo bélico de quien hay que defender al Estado. El lenguaje de guerra utilizado no es casual. Corresponde a una de las ideas más arraigadas de la humanidad: todo aquello que nos acerque a la muerte es nuestro enemigo, como si la muerte no estuviera ligada a la vida, irremisiblemente (para recordar a Nietzs­che).

Los juicios morales

El año pasado, en medio de la dura disputa política nacional, el presidente León Febres Cordero decía: “A mí se me acusa de todo en el país y si mañana algún ecuatoriano contrae SIDA van a decir que soy el responsable”. Al día siguiente, Osvaldo Hurtado, uno de los lideres de la oposición, le respondía con acritud: “Es lo único que le falta, porque ya lo ha hecho todo”. Tanto para el gobernante derechista como para el opositor de centroizquierda, el SIDA, la enfermedad, es una metáfora del peor mal, sirve para denigrar, para referirse al paso después del límite. Ellos se valen del prejuicio del cuerpo social y siembran en el terreno fértil de la ideología: el SIDA es lo peor que puede suceder. Los juicios éticos y morales, en un mundo que ha gastado las palabras de la política, ven en el SIDA una metáfora al alcance de la mano para fustigar al contrario olvidando que con ello acrecientan la marginalidad de los enfermos reales, ya de por si estigmatizados.

Paradójicamente, siendo Michel Foucault el filosofo moderno que puso al descubierto los mecanismos culturales de la moderna represión, desde el 25 de junio de 1984, día de su muer­te, la intelectualidad francesa calló la verdad: el autor de La Historia de la Sexualidad había muerto de SIDA, y aquello no constituía ninguna sorpresa para nadie porque Foucault nunca ocultó su homosexualidad pero el periódico Liberation empezó así un suelto sin firma sobre su muerte: “Parece ser que Foucault ha muerto de SIDA”. Como so un gran intelectual, sólo por ser homosexual, fuera el blanco ideal para una enfermedad de moda. Como si Foucault por eso hubiese muerto vergonzosamente” (la cursiva es mía). O sea que, para Libe­ration morir de SIDA es morir vergonzosamente. Aquí ya estamos ante el uso moral de la metáfora del SIDA.

No solamente que esta sirve para designar el mal sino también lo malo: tal concepción, bajo el manto de liberalidad de criterio —aceptar la homose­xualidad del filósofo—, descubre un prejuicio disfrazado y en los efectos no se diferencia de aquella concepción religiosa que atribuye la enfermedad a la ira de Dios.

“E1 cáncer como metáfora caerá en desuso, me atrevo a predecirlo, mucho antes de que se resuelvan los problemas que tan persuasivamente supo reflejar”, pronosticaba Susan Sontag, en su obra La enfermedad y sus metáforas y lo que dijo como especulación es ahora certeza. El SIDA se ha convertido en la metáfora del fin de siglo.

El 29 de junio de 1986, Día del Orgullo Gay en los Estados Unidos, duró poco. Veinticuatro horas después, la Corte Suprema de los Estados Unidos, falló por cinco votos a cuatro:

El represor directo

“La Constitución no ampara las relaciones homosexuales y heterosexuales entre adultos, incluso en la intimidad de sus hogares, y cualquier persona perteneciente a este grupo puede ser condenada a penas de hasta veinte anos de prisión”. Las protestas no se hicieron esperar pues lo decidido por la mayoría de los jueces, representantes del neoconservadorismo estadounidense, era consecuencia del llamado caso Georgia. En 1982, Michael Hardwick, un homosexual declarado, vivió la violación de su intimidad cuando la Policía entró en su dormitorio, en Atlanta, aplicándole la ley antisodomía. El Estado se convertía en el represor directo de un alimentado pre­juicio contra los homosexuales, primer grupo de riesgo del SIDA, ante la imposibilidad de descubrir y prevenir la enfermedad. Su impotencia científica era permutada por el autoritarismo. Hardwick fue condenado a veinte anos de prisión basándose en esa ley que define la sodomía como cual­quier acto sexual donde estén envueltos los órganos sexuales de una per­sona con la boca y el ano de otra. En nuestro país, el Código Penal, en su artículo 516 dice: “Ern los casos de homosexualismo, que no constituyan violación, los dos correos serán reprimidos con reclusión mayor de cuatro a ocho años”. Existe la ley lista para ser esgrimida y desarrollar la represión. En Estados Unidos, los días de la revolución sexual se empiezan a sentir cada vez más lejanos. El poder ha encontrado su pretexto para la represión, ya no en el discurso multiplicador y diversificador acerca de lo se­xual, del que hablaba Foucault, sino a través de mecanismos directos que “pongan freno” a prácticas que antes eran libres pero que han sido estigmatizadas: la gravedad del SIDA permite el resurgimiento de un discurso moralista, en el sentido literal del término, la excusa practica del Estado para aplicar la ley y encubrir la ineptitud para dar una respuesta científica que es la interlocutora de la enfermedad que, poco a poco, va dejando de ser “un problema de maricas” para convertirse en asunto que compete a todos: según la UNICEF, desde 1981 nacieron mas de mil niños con SIDA y las proyecciones hablan de unos 25 mil para 1991. El SIDA como metáfora genera una reacción neoconservadora que pronostica victoriosa el final de la liberación sexual.

El castigo de Dios

Para los antiguos, la ira divina se expresaba también a través de las pestes, pero se trataba de un mundo donde la ciencia y la tecnología médica no encontraban sus éxitos prácticos. Sectores reaccionarios de la Iglesia Católica no han dudado en señalar al SIDA como el contemporáneo jinete del Apocalipsis, como expresión de la ira de Dios ante la inmoralidad del hombre. Sodoma renació de sus cenizas pero tiene que volver a ser castigada. Otros sectores, con mayor prudencia, asocian de manera grosera a la enfermedad con el pecado, en desesperados y tortuosos discursos teológicos. El sacerdote franciscano Leonardo Boff les ha salido al paso a los obispos conservadores del Episcopado brasileño que mantienen esta ultima posición, diciendo: “E1 pánico que ha generado el SIDA en el mundo contamina no sólo a los organismos, sino las relaciones humanas: familiares, amigos, médicos y asistentes de los centros hospitalarios se apartan de los enfermos y los dejan morir en el sufrimiento de su mal y la soledad de su alma. Los cristianos deben asumir una posición de solidaridad y poner a prueba sus espíritus para mitigar el mal de los enfermos atacados por el letal virus”.

La condena desde el punto de vista religioso del carácter de la enfer­medad es posible porque el primer grupo de riesgo es el de los homosexuales: como el SIDA esta ligado a una practica sexual condenada, se convierte en un castigo de Dios. Pero un castigo inmediato, vergonzante y contundente: de esta manera es factible desentenderse del problema.

Para un trabajo periodístico en la revista Vistazo, entrevisté a algunos homosexuales dedicados a la prostitución, uno universitario y otros no. Cuando les pregunte si les daba miedo el SIDA uno de los primeros me dijo: “Si el destino mío es morirme joven o después, yo no puedo detener ese destino. Por eso no le tengo miedo al SIDA”. El otro respondió: “Si muero será la cosa mas natural que las personas tienen que aceptar. Por eso, si me da el SIDA, que le vamos a hacer”. El tercero lo vio como “un problema de promiscuidad; yo, en cambio, tengo una pareja estable”. Para los posibles en­fermos no existe el castigo del SIDA como a nadie que contraiga una venérea se le va a ocurrir que es consecuencia de su pecado.

En diciembre del año pasado realizó una investigación hasta dar con la historia clínica de once casos de SIDA en Guayaquil y hablar con un enfermo: conversamos mas o menos una hora y al comentar lo sucedido era mirado por quienes me escuchaban con cierta rareza. Al ponerme en contacto con un enfermo de SIDA había cometido una infracción. De alguna manen me había acercado a la vergüenza. No olvidemos que es sobre todo el carácter anal de la homosexualidad masculina lo que causa repulsa y, saber que la vía mas segura de penetración del virus es por el recto, no viene sino a confirmar el espanto. El anuncio de la enfermedad del actor Rock Hudson, quiebra la vergüenza sobre el SIDA. Casi al año de su muerte, Le Monde editorializaba: “Rock Hudson no ha muerto después de una larga enfermedad. Ha muerto de SIDA. Con su valiente gesto Rock Hudson ha querido ayudar a los miles de anónimos que padecen la misma enfermedad. Ha querido restarle misterio al SIDA”.

El SIDA no es una metáfora. En este sentido no es la ira divina, ni enemigo político, ni acto infame o vergonzoso. Es una enfermedad real y mor­tal. Y no sólo le da a los homosexuales. Que la ineptitud del hombre para dominarlo todo no le sirva de pretexto a los espíritus reaccionarios: la ideología de la culpa y el castigo que se ha desarrollado debe ser frenada. Que la metáfora no nos confunda, que la realidad no nos anonade.