Memoria y nostalgia por el ensayo

Artículos – Literatura

Por Raúl Vallejo [i]

Tal vez las leçons morales de Michel de Montaigne, según el propio autor llamó a sus ensayos que aparecieron a partir de 1580, y las dispersed meditations de Francis Bacon, en la última edición autorizada de sus trabajos que data de 1625, fueron el inicio de la reivindicación del escritor concebido como un intelectual que tiene algo qué decir al mundo acerca del mundo mismo y, al tiempo, la constatación de la existencia de un mundo que quiere escuchar aquello que el intelectual le dice porque le parece importante la palabra de los letrados. Eran tiempos en que, al parecer, existía cierta fe acerca del valor de la palabra escrita y también una aceptación, sin escozores democratizadores, de la autoridad que un mortal tenía desde un determinado saber sobre los demás. En 1691, Sor Juana Inés de la Cruz, en su “Respuesta a Sor Filotea de la Cruz”, escribe uno de lo más apasionados y brillantes ensayos del mundo hispanoamericano acerca del valor que para el ser humano tiene el ansia de saber. Es en la palabra escrita desde donde sostiene los requerimientos vitales para su anhelo de conocer; desde la palabra, ella se autoriza a sí misma para decir lo que constituye el testimonio de un espíritu atormentado por las sombras de lo que se ignora, un alma que anhela la luminosidad del conocimiento y que está dispuesta a luchar para vencer las barreras para el aprendizaje que la sociedad impone a las de su sexo. Nosotros, fieles del siglo 21, creemos en el valor de la palabra de Sor Juana por todo lo que hizo en defensa de la libertad y el derecho de conocer y por la calidad estética de todo lo que escribió y por ello su autoridad permanece. No aceptamos sin más lo dicho por cualquier monja del siglo 17 en su diario íntimo, si es que tuviera alguno, por muy decisivo que fuese para su vida personal; aceptamos lo dicho por Sor Juana por la autoridad intelectual que de ella emana y la aceptación de dicha autoridad implica el reconocimiento de una jerarquía construida como resultado de la dedicación al estudio y producto de las horas solitarias que lleva consigo la escritura.

El ensayo ha sido un espacio para la expresión del pensamiento libre en libertad. En la América nuestra del siglo 19, por ejemplo, fue el lugar en el que fijaron decenas de batallas Andrés Bello, Domingo F. Sarmiento, Juan Montalvo, o José Martí. En el ensayo todos ellos encontraron el espacio para exponer sus ideas acerca de la América en que vivían y la utopía de la región, de la nación en ciernes que los erigía en protagonistas, de la construcción del uso propio de la lengua heredada: Bello fue la mesura y el equilibrio de la forma clásica necesarios para construir una tradición letrada; Sarmiento, la voracidad de un afán civilizador que pretendió arrasar con lo que él suponía el atrasado mundo rural; Montalvo, el líder del arrebato anticlerical fruto de la pasión romántica; y fue Martí la poética preocupación por el deber ser. El ensayo, por tanto, ha sido un lugar privilegiado para los combates de ideas que han protagonizado nuestros intelectuales; durante el desarrollo de tales combates, aquellos fueron sistematizando su escritura en búsqueda de la mayor claridad expositiva, ordenando el análisis en la perspectiva de dar solidez a la argumentación, afinando la expresión de su palabra para conseguir una manera propia de decir.

Al mismo tiempo, la vigencia del ensayo ha estado sustentada en la importancia que los círculos letrados de las sociedades le han dado a la palabra del intelectual. En los tres primeros cuartos del siglo 20, el intelectual como tal tenía cosas qué decir y los círculos de opinión que giraban alrededor de la cultura letrada querían saber lo que el intelectual decía acerca de esto o de aquello. El Ariel (1900), de José Enrique Rodó, se convirtió en un referente indispensable para el debate acerca del sentido de la cultura americana frente a Europa y los Estados Unidos; suerte de manifiesto que, recreando un motivo clásico como lo es la oposición de Ariel y Calibán –ya presente en The Tempest, de Shakespeare, y en Caliban, Suite de Tempête, de Rénan–, animó el optimismo y la fe en el futuro bajo la argumentación del necesario triunfo del bien y la belleza. Los 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana (1928), de José Carlos Mariátegui, es un libro monumental en el sentido que organiza el debate, desde una visión muy particular del marxismo, en torno a la economía, la situación indígena, la cuestión agraria, la educación, la religión, la cuestión regional y el centralismo, y la literatura; las tesis de Mariátegui, más allá del caso peruano sobre el que ejemplifica, sirvieron de referente para el debate cultural en los diversos países andinos: lo fundamental de sus ensayos fue el carácter polémico y el haber situado la cuestión nacional imbricada en el desarrollo del mundo. Asimismo, las Cartas al Ecuador (1943), de Benjamín Carrión –en general, casi toda su obra–, fueron una innegable contribución a la definición de lo nacional en momentos aciagos para el espíritu de los ecuatorianos debido a la vergonzosa derrota militar de 1942; Carrión se empeñó en convencer al país de la posibilidad de ser una potencia cultural a pesar de la pequeñez de su territorio y si bien hoy día sus conceptos han envejecido también es cierto que mucho de su pensamiento constituye una referencia imprescindible al momento de construir la tradición de las ideas de América y del país. De múltiples formas, los intelectuales y su palabra fueron, al menos durante los primeros 70 años del siglo pasado, un referente necesario para el debate al interior de la nación, de ahí que el ensayo constituyó una forma literaria no sólo respetada sino también requerida como vehículo para que el pensamiento pudiese convertirse en el fuego que ilumina y permite la charla y el contrapunteo de ideas a su alrededor.

En todos los que han cultivado el ensayo, aparte de lo ya dicho, existió la búsqueda de un estilo; es decir, la exploración de una manera personal para decir las cosas que tenían que, y querían, decir. Ramón J. Sender al definir el ensayo dijo que es “una especie de monólogo documentado, inspirado y, si es posible, iluminado”. El ensayista, en esa línea, habla desde su yo, se erige a sí mismo como autoridad en la materia acerca de la que habla y, por tanto, requiere de una forma expresiva personal para decir lo que piensa de ella. Pero ese yo que es autoridad, lo es porque ha bebido de la savia inagotable del saber; así, el ensayista también alimenta la perpetuidad de los libros. Mas lo dicho no es suficiente; siguiendo a Sender, el ensayo requiere de aquella inspiración que los seguidores ramplones del racionalismo han desprestigiado porque obedecen a la sequedad de sus espíritus antes que a la iluminación de la palabra. Ese tipo de monólogo iluminado lo encontramos en la mayoría de los trabajos de Octavio Paz; por ejemplo, en La llama doble (1993), ensayo de estilo poéticamente intenso sobre el amor y el erotismo metaforizados como la llama azul y la llama roja del fuego encendido de la vida. En esta misma línea se ubican los ensayos de Gonzalo Zaldumbide, de quien la crítica ha señalado la fluidez y elegancia de una prosa que se revela al lector como materia embebida de mundo. En general, los ensayistas han sido escritores preocupados por la fuerza literaria del lenguaje; de ahí que en su prosa puedan ser encontradas las mejores características de la escritura de textos que no son ficción: claridad expositiva, economía de lenguaje, ordenamiento lógico de las ideas, coherencia ideológica, y voluntad de estilo.

El problema fundamental del ensayo, en nuestros días, parecería ser el de su conflictiva relación con eso que la pedantería humana ha bautizado como la verdad científica, ese conocimiento, racionalmente, a prueba de dudas. Si el ensayo es una insinuación que no se prueba con el método científico y cuyo objetivo es incitar al debate, si es una provocación para la circulación de ideas, entonces, el ensayo carecería de seriedad para su aceptación dentro del nuevo mundo académico que basa su fortaleza en el seguimiento sin errores del método. Por ello, decimos que la especialización cada vez mayor de las humanidades ha traído como resultado la paulatina extinción del llamado hombre de letras: imposibilitadas de acceder a la totalidad del conocimiento sobre el ser humano, las personas deben conformarse con la construcción de un discurso científico en su campo de especialización. No se crea que por lo anteriormente dicho estoy abogando por la todología, esa disciplina insultante de los charlatanes que fungen de críticos. La especialización de las ciencias sociales ha significado un proceso de profundización del conocimiento que tenemos sobre la conducta humana. Mas, de manera inevitable, también ha sido el soporte para que surja la carrera académica que, mal entendida, se ha convertido en esa competencia intelectual de monosabios que jamás se atreverán a treparse sobre la cabalgadura sagaz del espíritu iluminado. Esos andinistas de escalafón universitario son felices con la producción en serie de su literatura académica, colección de textos de mediocre escritura que se acumulan en voluminosas e ilegibles memorias de congresillos varios. En tales escritos, los académicos se esmeran por mostrar a sus colegas todos el aparato crítico del que disponen y se afanan por dar cuenta de que han leído a los autores señalados por la moda académica. La mayoría de académicos se han convertido en guardianes de la ortodoxia de los congresos que valen puntos para su escalafón profesional. El ensayo, por su lado, sigue el sendero de la heterodoxia e intenta reivindicar el valor de la originalidad de las ideas del individuo y la existencia del espíritu libre; por eso, como plantea Theodor W. Adorno: “…la más íntima ley formal del ensayo es la herejía”.

Es necesario, por tanto, separar al ensayo de la teoría ya que mientras la formulación de la teoría requiere, por necesidad de precisión, del opaco lenguaje científico, la expresión del ensayo, en cambio, se sirve de la luminosidad de la vida y reclama la exuberancia creativa del lenguaje literario. Los académicos que desdeñan el sentido literario del ensayo han perdido el gusto por el misterio de la vida que nos sorprende cuando una minúscula porción de él nos es develada. La escritura del ensayo está asentada en la experiencia vital de quien se autoriza a sí mismo para escribir; y esa experiencia no se refiere únicamente a la vivencia sensorial sino también a la experiencia acumulada como producto de la permanente lectura de libros. Ya en el siglo 18, David Hume, que dividía a quienes se empleaban en actividades mentales en doctos y conversadores, se quejaba de la manera cómo los académicos de su tiempo habían enclaustrado el saber: “…lo que llamamos las belles lettres se convirtió en una total barbarie, al ser cultivadas por hombres que no tenían el menor gusto por la vida y por las buenas maneras, y que carecían de esa libertad y facilidad de expresión que sólo puede adquirirse mediante la conversación”. Y es que ahora, los sabihondos académicos desprecian a los ensayistas porque acusan a estos últimos de un exceso de subjetividad en el punto de vista y de innecesaria literatura en su expresión. Tal vez, mientras reine el academicismo entendido como la sequedad repetitiva de lo que han dicho los teóricos en boga, la fuerza vital del ensayo será vista como falta de rigurosidad y la voluntad de estilo literario será entendida, peyorativamente, como lirismo. Como si ofreciera disculpas a los inquisidores academicistas de estos días, José Ortega y Gasset, paradigmático ensayista del siglo 20, escribió en el prólogo de sus Meditaciones del Quijote: “No son filosofía, que es ciencia. Son simplemente ensayos. Y el ensayo es la ciencia menos la prueba explícita”.

La nostalgia por el ensayo tiene que ver, por un lado, con la existencia de una cultura del espectáculo en la que la voz del intelectual se confunde y difumina hasta hacerse nada; ese desvanecimiento se da por acción del tramposo afán democratizante que pretende igualar el valor del saber hacia el nivel de la ignorancia, en medio de la vocería de quienes desconocen la tradición de los libros. En la cultura gobernada por el poder del entretenimiento, la sociedad ha desarrollado el gusto por disfrutar del cuarto de hora de fama de Juan Nadie. A los consumidores de entretenimiento los están educando continuamente para digerir las opiniones cargadas de ramplonería de los espíritus simples, para asimilar sus propios prejuicios sobre la gente y las cosas como si fueran doctrina, para fisgonear en la intimidad del prójimo en los modernos coliseos romanos que son los escenarios de los talk shows y creer que con ello se está auscultando el alma humana. En ese ambiente nocivo para el espíritu, ¿a quién podría interesarle aquello que diga un intelectual? ¿a quién le interesaría la autoridad que emerge de la escritura de un ensayo y que está basada en el estudio solitario y permanente y en la experiencia vital que va más allá del tedio cotidiano? ¿a quién le interesa las posibilidades estéticas que generan las palabras cargadas de sentido metafórico? Los promotores de la cultura del espectáculo aúpan el desprecio hacia los intelectuales caricaturizándolos como extraños seres encerrados entre libros y cuya ropa hiede a naftalina; aquellos mercaderes de la ignorancia se regocijan con la muerte del intelectual porque eso significa la anulación de la cultura letrada y, por tanto, la ausencia de la crítica.

La nostalgia por el ensayo, por otro lado, también se produce al comprobar el monopolio de la academia universitaria sobre las formas expresivas del saber. He asistido a decenas de congresos de literatura, para darles un nombre genérico, en los que la mayoría de las ponencias son escritos aburridos empeñados en mostrar el aparato teórico que sus autores manejan; yo mismo he caído muchas veces en tal aberración academicista. Ahí, en esos textos, no existe el espíritu creador de quien escribe ensayos, el sentido de la libertad que genera la estética de la palabra; ahí lo que existe es el compromiso personal con el escalafón universitario cuando no la desviación tautológica que consiste en reafirmar los ya conocidos postulados teoréticos de los organizadores de cada congreso. El ensayo, al ser definido como una forma artística, es, sobre todo, un ejercicio de escritura y como todo ejercicio de escritura requiere de la libertad necesaria para su expresión; por ello se rebela contra la rigidez metodológica del discurso académico y se subleva contra los esquemas impuestos tácita o expresamente por esa cofradía pedantesca de los trotacongresos. Para remarcar el sentido artístico del ensayo, Georg Lukács, casi al final de una carta a Leo Popper de octubre de 1910, afirmó que “el ensayo es un juicio, pero lo esencial en él, lo que decide su valor, no es la sentencia (como en el sistema), sino el proceso mismo de juzgar”; al traer a colación esta cita, no estoy haciendo una apología sin reservas del subjetivismo; lo que hago es, simplemente, reafirmar el carácter literario del ensayo y el reconocimiento de la autoridad intelectual del ensayista por parte del público lector que implica el contacto con el ensayo.

Por lo dicho, no es la verdad científica lo que uno debe buscar en un ensayo; tampoco éste se presta para probar lo que ya sabemos de antemano como sucede en las ponencias académicas en las que, por ejemplo, se usa un método de análisis literario nada más que para demostrar su aplicación en un texto poético sin que aquellos nos lleve a sentir algo más de lo que ya nos hizo sentir la sola lectura del texto. En el ensayo buscamos, más que las respuestas, el camino que nos lleva a las preguntas; el ensayista, más que un oráculo de la ciencia, es un provocador que nos acribilla con sus ideas y propuestas, con sus pocas certezas y con sus muchas dudas. Ángel F. Rojas, a propósito de la calidad de ensayista de Alejandro Carrión –de nítida prosa, aguda percepción y fino humor–, escribió que “el ensayo es, ciertamente, una vasija que permite que en ella se vierta todos los géneros literarios o extraliterarios. Su forma característica es la divagación.” Sólo que la divagación a la que se refiere Rojas no es la del burro que da vueltas alrededor del pienso sin decidirse a comer de él; la divagación del ensayista busca suscitar la emoción estética del lector por la riqueza espiritual que aquél anhela compartir. La divagación del ensayo ilumina la expresión literaria dotándola de cierto tono conversacional y cómplice entre quien escribe y quien lee; la divagación permite una mirada sobre las cosas de las que trata el ensayo desde diversas atalayas; la divagación, finalmente, es un recorrido inteligente y creativo por los territorios ocultos de las diversas materias del mundo.

Más allá de la memoria y la nostalgia por el ensayo, que resultan de comprobar la difícil viabilidad de este género artístico en las condiciones culturales de la sociedad de hoy, mi mayor tristeza es provocada, quizás, por la constatación de que, a fuer de democratismo o modelos academicistas, se ha instalado entre nosotros el desprecio por el estilo que es, más que nada, el desprecio por la estética. En el reino del entretenimiento, vivimos bajo la preeminencia de una cultura del espectáculo y la oralidad en la que cualquier confrontación de ideas ha quedado reducida a la destreza de argumentar todo en minuto y medio frente a las cámaras de televisión. En dicho reino no existen ni tiempo ni lugar para la divagación, para la expansión del pensamiento, para la vitalidad de la palabra inteligente. Ahí, la escritura es sacrilegio, una patología autoritaria y jerarquizante de la cultura letrada… sólo que los sacerdotes de dicho reino serían incapaces de expresarlo de esa manera. Extraño, entonces, los ensayos concebido como forma artística porque ellos no eran únicamente sesudos alegatos, aunque también lo fueron, sobre asuntos trascendentales; a través de ellos se trataba, en general, de ofrecer una mirada inteligente sobre la vida, los seres que la habitan, las cosas que permanecen más allá del tiempo de los humanos. Alfonso Reyes lo llamó “centauro de los géneros”, queriendo indicar con eso que el ensayo es una literatura mitad lírica, mitad científica; en la misma línea, Mariano Picón-Salas habló del matrimonio entre la poesía y la filosofía ya que el ensayo, para él, “tiende un extraño puente entre el mundo de las imágenes y el de los conceptos”. En cualquier caso, la permanencia del ensayo implica aceptar el desafío que requiere el ejercicio de la libertad del intelecto y el reconocimiento de la brillantez del individuo ya que, para el ensayista, el ensayo constituye el espacio para que reine el espíritu, su ética y su estética, y, para el lector, el lugar del deslumbramiento frente a la idea diseccionada con depurado estilo artístico.

Nayón, diciembre 30, 2001

Notas sobre la presente antología

Los ensayos que integran la presente antología pretenden ser una muestra amplia de la producción de nuestros intelectuales durante el siglo 20. La muestra, asimismo, incluye diferentes disciplinas. Más por razones prácticas relacionadas con el tema que tratan, que por motivos estrictamente teóricos, los he agrupado en ensayos históricos, sociológicos, filosóficos, culturales y literarios. En algunos casos, he preferido ensayos que marquen su distancia con los estudios académicos, como es el caso del trabajo de Benjamín Carrión, “Mi pluma lo mató”, animado más por la pasión del espíritu del liberalismo burgués que por el equilibrio propio del historiador; o el de Raúl Andrade sobre Rimbaud que no es crítica literaria sino una semblanza sobre el poeta y su rebeldía; aunque, en otros, el lector se dará cuenta de que está ante un escritor especializado en el tema sobre el que está escribiendo, como en los textos de Agustín Cueva, Fernando Velasco o Lupe Rumazo.

Al mismo tiempo, he querido presentar un amplio espectro de motivos temáticos de tal forma que el lector tenga a su alcance una selección de lecturas variadas. No siempre he escogido el trabajo al que la tradición crítica considera el “más representativo” de un autor; en muchas ocasiones he preferido trabajos que más bien nos presenten a su autor desde una óptica algo distinta. Tal es el caso del ensayo de Alfredo Pareja Diezcanseco sobre Freud, el de Diego Viga sobre Maimónides, o el de Velasco Ibarra sobre el Ché Guevara. Sin embargo, también constan los textos indispensables de ciertos autores como el del concepto de la historia de Federico González Suárez, el de la incorporación del indio a la vida del país de Pío Jaramillo Alvarado, o la introducción a la crítica virgiliana de Aurelio Espinosa Pólit.

He incluido como nota al pie al comienzo de cada ensayo una ficha bibliográfica de su autor y en ella he señalado la fuente de donde el trabajo que seleccioné fue tomado. Por lo general respeté la versión original aunque he corregido lo que consideré claros errores tipográficos y he dado sistematicidad a la manera de citar libros y textos que, por tratarse de trabajos que abarcan todo un siglo, era diferente entre los distintos ensayos antologados.

Debo indicar además que, por tratarse de una tarea que rebasaba los límites de este trabajo, no he seleccionado algunas páginas excepcionales del ensayo periodístico escritas por intelectuales como Manuel de J. Real, Alberto Borges, Hugo Ordóñez, Simón Espinosa, Patricia Estupiñán de Burbano, Nila Velásquez, Francisco Febres-Cordero, Fabián Corral, Gonzalo Ortiz, Marena Briones, César Montúfar, o Carlos Jijón, entre muchos otros. De igual forma lamento que, por discrepancias con la editorial que publica esta antología, Iván Carvajal no haya autorizado la inclusión en ella de su iluminado ensayo “País secreto”.

Finalmente, agradezco a mi amigo Raúl Serrano por el generoso tiempo dedicado a nuestras largas charlas sobre el ensayo como género literario y sobre los ensayistas del país, así como por su desinteresada colaboración en el paciente rastreo, en las diferentes bibliotecas de la Quito, de buena parte de la bibliografía utilizada en este trabajo; sin su ayuda, esta antología adolecería de más errores y omisiones de los que ahora tiene sólo por causa mía.

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[i] Raúl Vallejo (Manta, 1959). Ha publicado, entre otros, los siguientes libros de cuento: Máscaras para un concierto (1986); Solo de palabras (1988); Fiesta de solitarios (1992); y Huellas de amor eterno (2000). En 1999, apareció su novela Acoso textual. En el campo de la crítica literaria publicó, en 1990, Una gota de inspiración, toneladas de transpiración, antología del nuevo cuento ecuatoriano; y en 1999, Cuento ecuatoriano de finales del siglo XX. Antología crítica. En ensayo ha publicado Emelec: cuando la luz es muerte (1988); Una utopía para el siglo XXI. Reflexiones sobre una experiencia de gestión educativa 1988-1992 (1995); y Crónica mestiza del nuevo Pachakútik. Ecuador: del levantamiento indígena de 1990 al Ministerio Étnico de 1996, (1996). Es miembro del Comité Editorial de la Historia de las literaturas del Ecuador y, desde su fundación en 1992, dirige Kipus: revista andina de letras.