Profesionales de la palabra

Por Raúl Vallejo
Discurso de graduación como Licenciado en Castellano y Literatura
Universidad Católica de Santiago de Guayaquil, noviembre de 1984

La palabra era en el principio. Cuando aún los seres existían apenas como gorjeos y murmullos de una naturaleza anónima, la palabra, dadora de existencia, fue nominándolos. Llamó maíz al maíz, quipu al cordón con nudos de colores, amigo a la mano que se extendió solidaria y no dijo vino a la chicha fermentada durante el ritual que conjugó la fiesta y lo religioso. Nombró dioses al atronador volcán que castigó el cielo con lenguas de fuego y la tierra con lava hirviente, al enorme astro que cubrió con su poderosa luz los campos trabajados por las manos que  nunca disfrutaron las bondades del imperio, a las aguas que proporcionaron el alimento y cantaron, como soprano en plena madurez, a veces con furia, a veces con ternura, estrellándose contra las piedras o deslizándose sensuales en busca del agua mayor, fuente y generadora de toda vida. La palabra era y antes de ella únicamente la materia silente, innominada. La palabra era en el principio y también el hombre: el primate mejor dotado que durante el primigenio proceso de trabajo fue convirtiéndose en aquel capaz de apropiarse de esa naturaleza, originalmente hostil, y dominarla, y transformarla, y convertirla en una materialidad al servicio del conjunto de los hombres.

Soy —al igual que todos ustedes—, porque la palabra me permite decir y existo porque la palabra de mi padre fue capaz de nominarme y completar lo que en principio no nos diferencia de los demás seres del género. Arrojados y sobrevivientes en una realidad violenta e irracional, donde los pueblos pueden ser llevados con facilidad al taimado adulo del circo y las fieras o a la espera sin fin del cumplimiento de ofertas que son distribuidas como mercaderías japonesas en bazares navideños, donde las pasiones se enardecen y las máscaras se aferran convirtiéndose en rostros por donde se expresa, paradójicamente desnuda, la condición humana, siempre anhelante de amor y felicidad, siempre inmersa en odios e intrigas, el hombre y la palabra se identifican íngrimos y juntos, imbricados, se enfrentan a aquella.

Ejercito en estas líneas la representación de la palabra. Me apropio, hasta cierto punto de manera arbitraria, en mi voz de la voz de aquellos a quienes nuevas batallas esperan con la sola arma de la palabra. Defender y mantener ese ancho espacio democrático generado por el proceso histórico, ese ejercicio constante de la crítica, esa utilización de la palabra para rasgar continuamente el velo del silencio, generador de olvidos, enemigo de la verdad. Ha sido a través de la palabra que hemos desenmascarado las trampas de una educación bancaria, que aceptamos a la sospecha como el inicio de toda verdad temporal, susceptible ella también de nuevas sospechas, que desentrañamos la historia de este lugar llamado Patria no como una linealidad de nombres empolvados y fechas señaladas con rojo en el calendario sino como un proceso de dos Patrias permanentemente en guerra, que reconocimos a Dios, no desde el fanatismo estéril que la proclama enarbola y utiliza, a veces, como instrumento de embobamiento colectivo, sino desde la reflexión liberadora, puesta la mira en el más humilde de los hermanos: el de las bienaventuranzas, que permanentemente cuestionamos nuestro rol como profesionales de la palabra, que al principio, ilusión de todo novato, creemos formulado y respondido, que hemos practicado el enfrentamiento enriquecedor de las ideologías y de las tendencias, tan combatidas por los mercaderes fenicios en la antigüedad y por los pragmáticos financistas en los actuales días.

Sé que la toma de la palabra no es un acto gratuito. Profesionales de la palabra: nuestra realidad se nos presenta como el espacio de una práctica socialmente responsable. País en el que la sola promesa trinitaria que atiborró ojos y oídos de aquellos a quienes nos debemos y por quienes nos educamos, pueblo que un día convertirá lo sagrado en profano, no es suficiente para poder apaciguar el hambre, heredada por tres siglos de injusticias, el desamparo como permanente legado de aquellos que no han tenido y esperan un espacio donde no habrá que mendigar sino la certeza de ganarse el derecho a ganarse el pan, hoy nos contempla con la sola arma de la palabra como arma de lucha.

¿Qué nos queda si no la lucidez? El desolado y único instante del pensamiento luchando contra la realidad. Pensar el mundo y transformarlo, es la consigna. Rescatar con la palabra los sentidos, signos dispuestos a ser descifrados, y devolverlos enriquecidos, multiplicándose en un juego que no quisiéramos ido de nuestras manos pero que, inefable, transita su ruta con independencia.

Si en el principio era la palabra y también el hombre, en el principio, necesariamente, fue la acción. De ella venimos y solo en ella nos realizamos: hombres de transición, la esperanza es en nosotros.