Educación de calidad y calidez por la dignidad de la gente de mi Patria

Por Raúl Vallejo
XXXIV Asamblea General de UNESCO, París, 24 de octubre de 2007.

Un día pensó que su garganta debía sólo susurrar palabras dulces a sus nietos. Los dedos, índice y medio, callosos por su manera de sujetar el lápiz y la tiza, se negaron a seguir escribiendo en la pizarra. Las piernas se le acalambraban a la altura de las pantorrillas y la espalda, al final de la columna vertebral, concentraba un dolor que en algo lo aliviaba la memoria de los años como maestra, trabajados con vitalidad. Para doña Rosa Gómez de Castro había llegado la temible hora de jubilarse.

Antes, para un maestro, jubilarse significaba un peregrinaje por diversas oficinas del Instituto Ecuatoriano de Seguridad Social, IESS: ir de un lado a otro para revisar su historia laboral, comprobar si sus aportaciones estaban al día, que los papeles, en regla; y, en cada oficina, recibir un trato displicente. El Ministerio de Educación, sesenta días después, le entregaba un estímulo de US$ 800. Luego… a esperar la primera pensión. En este proceso se le iban entre 14 y 18 meses.

En el 2006 comenzó el programa de estímulo para la jubilación voluntaria de docentes. El tiempo del trámite, desde que el maestro decide jubilarse hasta que recibe la primera pensión, se ha reducido a 120 días. Todo se hace en la ventanilla única abierta en las oficinas del Fondo de Cesantía del Magisterio Ecuatoriano, FCME, en conjunto con el IESS y el Ministerio de Educación. Ahí, el maestro es tratado con amabilidad y paciencia. A los sesenta días, es decir a mitad de todo el proceso, el Ministerio de Educación le entrega un estímulo de US$ 12.000.

Cuando Rosa Gómez de Castro habló, en representación de los 1.284 maestros jubilados en el 2006, en una ceremonia en la que el Ministerio les rindió homenaje, dijo que agradecía el que se haya aumentado el estímulo pero que eso era sólo dinero y que siempre parecería poco; que lo más importante de todo este proceso era que, ahora, el maestro estaba siendo tratado con dignidad.

La jubilación voluntaria es uno de los tantos programas del Plan Decenal de Educación (2006 – 2015), concebido como pluricultural y multiétnico, aprobado por la ciudadanía en el referéndum del 26 de noviembre de 2006. El resultado de la consulta popular constituye un mandato que hizo del Plan una política de Estado, la Agenda de la Ciudadanía para que, no importa qué gobierno o qué ministra o ministro ejerza el cargo, las políticas educativas tengan continuidad en el mediano y largo plazo.

El programa de jubilación contribuye a crear nuevos puestos docentes y, por lo tanto, a las políticas de universalización del Plan Decenal. Así estamos completando el primer año de educación básica ya que hasta el 2005 los niños entraban a los 6 años de edad a la escuela y ahora lo hacen a los 5. En el 2006 entregamos 1.428 nombramientos a maestras de párvulos que estaban bajo un régimen laboral sin garantías. En el 2007 lo haremos con aproximadamente 1.500 más con lo que cubriremos alrededor del 72% de la matrícula. Además de estos nombramientos y la reposición de los puestos de los jubilados, el programa nos dará, con los jubilados de este año, aproximadamente 3.200 nuevas cargos de docentes para todo el sistema, en el que, además, existe un déficit de nombramientos acumulado, desde 1997, de más o menos 12.000 maestros que representan alrededor del 10% del total de maestros del régimen público.

¿Por qué se acumuló este déficit? Porque en mi país, al igual que en muchos países del mundo, existía un modelo económico impuesto por el FMI y el Banco Mundial, a través de esa burocracia excesiva y de salarios dorados que se refocila en los informes de consultorías inútiles, que recomendaba que no se crearan cargos públicos —¡como si maestros y médicos fuesen burócratas como ellos!— y recomendaba también que el salario de los maestros debía mantenerse lo más bajo posible puesto que incidía gravemente en la caja fiscal. Así, mientras los ministros de Educación teníamos las metas de Educación para Todos en la cabeza, los ministros de Economía se convertían en contadores de las finanzas públicas cuyas cabezas se aplicaban para el pago exacto del servicio de la deuda externa aunque las escuelas se derrumbaran.

El resultado de esa política económica deshumanizada ha sido, entre otros, el deterioro de la calidad de la educación pública, el abatimiento de la esperanza vital de la gente y, por consiguiente, la necesidad de marcharse de la Patria hacia aquellos países que se promocionan a sí mismo como sociedades del bienestar, abiertas para el tránsito de capitales y mercancías, y, no obstante, cerradas para acoger a los seres humanos de otras tierras.

A propósito de esto último, nuestro presidente, el economista Rafael Correa Delgado, dijo en la ONU, que el mundo desarrollado no debe seguir esgrimiendo la categoría de “personas ilegales”. La doble moral de la globalización reside en que los países ricos exigen una libertad sin límites para el comercio y, al mismo tiempo, levantan barreras cada día más crueles para evitar el libre tránsito de las personas. Salvo para cierto capitalismo que ha convertido al ser humano en una mercancía más, no deberían existir “personas ilegales”: nuestro país plantea que el mundo ofrezca condiciones humanas para los migrantes: que se regularice su situación, que sean sujetos de derechos en donde habiten, que se promueva la reunificación familiar sin vejámenes de ningún tipo.

Pero “la larga noche neoliberal” ha terminado. Asistimos al amanecer de una política económica al servicio del ser humano. Sólo tres ejemplos: antes del Plan Decenal, el Estado no entregaba textos; ahora, hemos entregado alrededor de 8 millones de textos para 2 millones 200 mil estudiantes de primero a décimo de educación básica. Antes del Plan, el Estado invirtió 51 y medio millones de dólares, sumada la inversión desde 1999 hasta el 2005, en el mejoramiento de la infraestructura escolar. En 2006, primer año del Plan, invertimos 72 millones; en este 2007, al finalizar el año habremos invertido 104 millones. Según nuestros cálculos requerimos 980 millones de dólares para recuperar nuestra infraestructura, su equipamiento, mobiliario y la expansión hasta el 2015. Y, ahora, el gobierno de la revolución ciudadana decidió la creación de 12.000 partidas de docentes para cubrir inmediatamente el déficit que mencioné antes.

Hemos hecho bastante pero tenemos que hacer mucho más. Continuar con la eliminación de barreras para el acceso, crear una cultura de la evaluación, convertir a las escuelas en espacios acogedores, proclamar alfabetizada a toda la población en el 2009, año del bicentenario del primer grito de nuestra independencia, construir una política salarial y una carrera docente estrechamente ligadas al desempeño, recuperar el orgullo de ser maestros de excelencia despolitizando el ingreso y seleccionando mediante pruebas de conocimientos académicos y metodológicos a los mejores elementos. Lo dicho para cumplir las metas del Plan Decenal de Educación, basados en una inversión que llegará a por lo menos el 6% del PIB en el 2012, ya que los neoliberales la dejaron en 2,4%. Queremos ofrecer una educación pública de calidad y calidez que sea un motivo de esperanza para nuestra gente, una manera cotidiana para que la Patria sea de todos.

Es común que los países bauticen a las escuelas con el nombre de sus héroes. En el Ecuador, el reglamento para nominar instituciones educativas decía que estas llevarán nombres de ciudadanos destacados ya fallecidos. Desde este año existe una excepción: los profesores jubilados de trayectoria intachable. Ellos son, para nuestro gobierno de la revolución ciudadana, parte de los nuevos héroes de mi Patria. Así, en Guayaquil, en un barrio de maestros, en enero del 2008 empezaremos a construir una unidad educativa de educación básica que, desde ahora que funciona en un modesto pero acogedor local, lleva el nombre de Rosa Gómez de Castro, quien, a pesar de haberse jubilado, sigue de manera voluntaria animando a los niños y profesores de su escuela y es símbolo vivo de la dignidad de nuestros maestros y maestras, un valor humano que no tiene precio.

Señoras, señores.