Devolver el rostro de la dignidad a nuestra Patria

Discurso al recibir la Orden Nacional al Mérito en el Grado de Gran Cruz
Palacio de Carondelet, Salón Amarillo, martes 9 de enero de 2007

El nuestro es un país por el que vale la pena vivir; una geografía que nos demanda participar en su continua y compleja construcción; una nación de múltiples rostros que camina arrastrando dolores ciertos e ilusiones realizadas. “Somos un pueblo antiguo, / viejo como la miel, / como la sombra / como las altas hojas, tan pegado a la áspera corteza que, / de lejos, / nadie nos diría seres sino topografía”, sentenció el poeta Hugo Salazar Tamariz.

Este Ecuador nuestro es más que una línea imaginaria pintada en el suelo para beneplácito de los turistas que se emocionan al fotografiarse sobre ella con las piernas abiertas, como si con ese gesto abarcaran el mundo y sus hemisferios y no solo dos baldosas de la explanada de un momento. Nuestro Ecuador es la presencia inmemorial del amor de su gente en el testimonio de los huesos milenarios de los amantes de Sumpa; es la sabiduría de la vida petrificada en el silencio estentóreo de la mujer de Valdivia; es la libertad agazapada en el bisbiseo del viento que baja del páramo mezclado entre los ponchos que se levantan contra la injusticia desde los tiempos de la Colonia; es la palabra que humana y hermana en la yunta de pueblos, a veces opuestos, a veces superpuestos, que esperan caminar hombro con hombro, hombre con hembra, hacia una patria querida por todos.

A esta patria no se la ama con declaraciones que de tanto repetir se van vaciando de contenido igual que se vacían los toneles con huecos escondidos que apenas si son la ilusión de lo que pretenden llevar dentro de sí. A esta patria se la sirve con el trabajo cotidiano, con la presencia constructiva en la edificación de su esperanza cierta, sin grandilocuencia pero con perseverancia. A esta patria no se la ama con el redoble marcial de los desfiles que de tanto retumbar sobre la tierra la vuelven sorda al llanto de su gente sencilla. A esta patria se la sirve cuando ella menciona nuestro nombre en medio de la noche de nuestros egoísmos y acudimos a su llamado antes de que despunte el alba para ser parte de ese espíritu colectivo en el que nos obliga a fundirnos el pueblo, nuestro pueblo. A esta patria se la sirve como la sirvió aquél duende del saber, sin patria todavía pero con amor para impregnarla con su semilla de luz libertaria, ese Espejo descolgado del libro de los blancos para convertir sus restos, con orgullo de posteridad, en polvo en el polvo del cementerio de los indios, a quien Jorge Enrique Adoum ofrece el alba de la patria desde su voz poética: “Yo te saludo, lechuza / bolchevique, propagandista de una luz / exótica. Como si toda la claridad / no fuera compatriota, como si la sombra / no hubiese sido la traída extranjera / madrastra duradera.”

Las personas en las que usted confió, señor Presidente, para que lo acompañáramos en la tarea de servir a la gente con la que compartimos esta Patria que nos demanda compromiso cívico, hemos trabajado junto a usted en la tarea más honrosa que nos puede tocar: contribuir a la vida que genera la esperanza de nuestro pueblo. En el poema “Las cebolleras”, de Miguel Donoso Pareja, ese grande de nuestras letras a quien concediera usted el Premio Espejo, en la mañana de hoy, el hablante lírico, contemplando el cuadro del mismo nombre del artista Diógenes Paredes, concluye: “Alargándose en lágrimas sus ojos agotados, / van amarrando al mío su dolor de caminos, / y yo voy deshojando mis árboles de otoño / en este frío tremendo / que abraza con sus manos de páramos heridos.” Estas personas que trabajamos junto a usted, hemos entregado de buena fe nuestros anhelos e ilusiones, hemos convertido en realidad política parte de nuestros sueños y utopías. Por supuesto que nuestra contribución es apenas una semilla en el bosque de la historia pero es un bosque de afectos en la semilla de nuestros espíritus: nos ha dolido esta patria dividida, sin equidad, postergada; pero también nos ha educado y nos ha procurado una modesta alegría, pero alegría al fin, esta patria de gente que, como las cebolleras, se juega sin cartas escondidas; que enjuga sus lágrimas y trabaja aunque los hijos se vayan a otras tierras en aviones cargados de sueños; que vence las dificultades y sonríe con los jolgorios que celebran el renacimiento de la pachamama; que doma la sangría del sol que se hunde en el mar a la espera de que en la panza de una canoa, que amanece sin pereza al filo del alba playera, se multiplique el pan de cada día.

Hemos sido, junto a usted, señor Presidente, un gobierno de ciudadanas y ciudadanos, personas comprometidas con nuestra patria bajo el imperativo ético que demanda el deber ser de la política entendida como la posibilidad de servir en el ejercicio de un mandato popular. Hoy, usted nos ha entregado una condecoración que, en nombre de mis compañeras y compañeros de Gabinete, me toca en honra agradecer. Cuando usted, confiando en nuestros talentos —y que esperamos haber respondido según la exigencia de la moraleja de la parábola del evangelio de San Mateo—, nos dio la oportunidad de servir a nuestro país no nos prometió más honor que la satisfacción que otorga al espíritu la comprobación del deber cumplido y, sin embargo, hoy día nos recompensa con un reconocimiento del Estado que en su sentido profundo, desdeñando las efímeras vanidades del mundo y su fatuidad, únicamente nos compromete a continuar en este tarea de servicio al país, desde el espacio en el que nos toque luchar por una patria generosa con todos quienes la habitamos.

Frecuentemente oímos decir, como una queja sin eco, que este país está mal hecho; pero resulta que este país es nuestro país, y si anda chueco es porque nosotros no lo enderezamos. Hacer de nuestro país algo más que una línea equinoccial ha sido la tarea a la que cada uno de nosotros contribuyó desde su sitio de trabajo y esperamos que su resultado, en las cuentas de la historia, nos haga dignos de esta condecoración. Esperamos seguir sintiendo a nuestro país en la ilusión de los sabores que nos funden a él, como un yugo dulce, según el poema de Julio Pazos: “Saldrán de tus ojos vientos fuertes / guitarras rotas / bocinas, / porque bastan los sabores / para sacarte la música; / los ídolos / y los sabores, / por si quieres escaparte, / te ponen raíces.”

Gracias, señor Presidente, por este honor que nos ha conferido: quienes trabajamos junto a usted lo hicimos movidos por el ideal que usted lideró: devolverle el rostro de la dignidad a nuestra patria.

Amigas, amigos.