Alberto Spencer: una vida de juego limpio

Homenaje póstumo del Gobierno Constitucional del Presidente Alfredo Palacio, a cargo de Raúl Vallejo, ministro de Educación y Cultura.
Guayaquil, 6 de noviembre de 2006, Coliseo Voltaire Paladines Polo

¿Qué necesita hacer en la vida una persona para honrar a su país; qué gesto, qué conducta, qué práctica ciudadana? ¿Qué sacrificios y trabajos se requieren para ser parte de la historia de un pueblo; qué entrega, qué motivación, qué responsabilidad ética? ¿Qué razón del espíritu es la que convierte a un ser humano en el amor de un colectivo nacional; qué generosa contribución a la alegría de la gente sencilla, qué manera de compartir la fugaz felicidad de un triunfo, qué forma de amar aquél rincón de Patria en donde se ha nacido?

Pedro Alberto Spencer Herrera (6 de diciembre de 1937 – 3 de noviembre de 2006) ahora es una memoria que habita entre nosotros igual que ayer fue una presencia que nos hizo sentir orgullosos de pertenecer a un país con su ejemplo de trabajo, con su modestia frente al éxito, con su permanente compromiso de servicio. En vida, el gobierno del Presidente Constitucional del Ecuador, doctor Alfredo Palacio, le rindió tributo al que era merecedor nombrando a Spencer Cónsul General, con rango de Ministro, en Uruguay, esa tierra que lo vio triunfar, que lo quiere como a uno de sus hijos y que lo acogerá para que descanse en paz, así como lo acogió para que viva en felicidad.

La vida de Alberto Spencer es un testimonio de cómo un ciudadano puede honrar a su país en la práctica de aquello para lo que tiene vocación y en lo que entrega su desarrollo profesional. El diplomático Spencer siempre tuvo presente al niño que fue mientras asistía a la escuela Leonardo Berry # 1, que había construido la compañía Anglo: ese espíritu sencillo caló en el corazón de los ecuatorianos que en esta mañana reconocemos en Spencer al hombre que se fue haciendo como un camino ancho y luminoso para los que vienen atrás.

La carrera deportiva de Spencer es un ejemplo de triunfos que fueron el resultado de su trabajo. En esa carrera de éxitos, por donde fácilmente las personas se extravían enceguecidas por el oropel de las adulaciones, él siempre se mantuvo orgulloso de su partencia a nuestro país. Conocido es que en 1966, Uruguay le pedía su nacionalización para que vistiera la camiseta de ese país en el mundial de Inglaterra: Spencer, desdeñando las posibilidades de una gloria mercenaria, prefirió seguir siendo lo que ha sido hasta su muerte: un ecuatoriano nacido en Ancón, que se inició profesionalmente en el ya desparecido club Everest, en 1953, hijo de padre jamaiquino y de madre guayaquileña, y que triunfó deportivamente en el club Peñarol de Montevideo: un ecuatoriano que, hasta su muerte, representó a su país en el servicio diplomático.

Spencer vivió la gloria de los excepcionales en su carrera de futbolista: anotó 510 goles, la mayoría de ellos de cabeza, con lo que el apodo de “cabeza mágica” se convirtió en su segundo nombre de pila; en la Copa Libertadores de América tiene el récord de 54 tantos, con las camisetas de Peñarol (48) y Barcelona (6). Con Peñarol fue campeón de Uruguay en 1959, 60, 61, 62, 64, 65, 67 y 68; campeón de la Libertadores en 1960, 61 y 66; y campeón de la Interclubes en 1961 y en 1966. Con Barcelona fue campeón nacional en 1971. Su vida de deportista fue la práctica permanente de la disciplina personal, dentro y fuera de la cancha; de la sencillez como actitud vital sin que por ella desmereciera su propia valía; del juego limpio en los partidos, del juego limpio del ciudadano ante su país.

¿Qué les deja a nuestros jóvenes la figura de Alberto Spencer? Más allá de sus méritos deportivos, Spencer es un ejemplo de lo que es la voluntad de vencer, de aquello que significa mantenerse en la cúspide y no marearse por la fama: esa pizpireta por la que muchos se pierden en un laberinto sin retorno. Spencer nos demostró que se puede vivir en la gloria en el lugar más fastuoso del mundo y, sin embargo, mantener el amor por sus orígenes y por su gente: esos humildes que sueñan con días mejores. Spencer nos ha dado ejemplo de amor al país: el fue un ciudadano del mundo y continuó siendo ecuatoriano; en su actitud ante la historia se conjuga el espíritu de aquél que se alimenta de lo que el mundo puede darle pero mantiene el alimento esencial de la madre tierra: el planeta fue su casa y nuestro país el cimiento desde donde se levantó aquella.

La vida es apenas un soplo en medio de la eternidad del mundo. Ese soplo que fue Alberto Spencer, no obstante la fugacidad de todo lo que existe, permanece venciendo la irremediable finitud del ser humano: su condición de ciudadano es un motivo para que la esperanza se mantenga viva: nuestro país, el Ecuador, y su gobierno constitucional presidido por el doctor Alfredo Palacio, le rinden esta mañana un homenaje postrero a quien hizo de su profesión un ejemplo para todos nosotros: Alberto “Cabeza mágica” Spencer es ahora una llama viva que nos ilumina con el ejemplo de una vida de juego limpio.

Conciudadanas, conciudadanos.