Extracto de Huellas de amor eterno

Hombre azorado, con palabra a punto de llanto

para Sebastián, mi hijo

Yo no amo en ti la carne, amo en ti el sentimiento,
amo tu ser ingenuo como una fuente pura;
amo la dulcedumbre de tu armonioso acento
y la tristeza inmensa de tu mirada oscura.

Letra: Max Garcés. Música: Francisco Paredes H., “Como si fuera un niño”.

Como todos, yo también tuve a los quince años un deslumbramiento de res rumbo al matadero. Definitivamente, era más hueso que carne y no me gustaban las legumbres. Ese año, aprendí que puedes ver muchísimas cosas dentro de las personas que, cuando están obligadas a portarse así, asao y cocinao, no es posible notar de golpe y porrazo. Y, lo increíble, es que todo se descubre a través de las palabras. Es como si la palabra adecuada en el momento preciso fuera pedrada en ojo tuerto. No me lo dijo ella exactamente así, pero me lo enseñó con el gesto de aquella noche. A ella la conocían como Débora, ojos aceitunados y pelo de gringa gracias al agua oxigenada. Preciso, por ejemplo, es un adjetivo que suena a mecanismo de relojería antigua.

Lo del deslumbramiento comenzó en el instante de consultar a hurtadillas, en el diccionario de la biblioteca de mi colegio, el significado de hetaira, onanismo y venérea, un año atrás. Como se dice, y por las dudas, que quede claro que después aprendí a decir por mi propia cuenta y riesgo puta, paja y chancro. Sin sonrojarme. Supongo que para cuando comencé a decir con frecuencia lo que dije que decía, ya mi inocencia se había extraviado entre las aulas del colegio, los antros de Guayaquil, y las mujeres malas de la calle Salinas. Como ya se dieron cuenta, deslumbramiento y hurtadillas son dos palabras que me gustan. Uno las pronuncia y se escuchan elegantes, igual que un baile de fin de año y un beso en la oscuridad cómplice del cine.

Pero ya me fui por las ramas. No se me puede dejar hablar que cojo y me lanzo a charlar sobre un millón de cosas insustanciales. Antes no era así. Debe ser que tenía menos palabras. A ustedes, finalmente, lo que les interesa es aquello que motivó mi deslumbramiento, ¿verdad? Bueno, vuelvo a mi historia: entre los catorce y los quince, a pesar de las buenas notas escolares o creo que precisamente por ellas, yo todavía era medio tarado para la vida. Ya ven, no puedo evitar hablar de las palabras otra vez: buenas notas escolares. ¡Qué frase tan horrorosa! Parecería que me estoy preparando para ser ministro de Educación o alguna de esas adulteces por el estilo. De todos modos, creo que compensé cuando dije insustanciales que suena a clase de filosofía. Sigo:

Ustedes, que casi todo lo saben, también deben de saber que, como decía mi profe-de-lite, la ingenuidad es un adolescente que no encuentra qué hacer con las manos cuando habla en público. Debo reconocer que hoy, a los diecisiete, todavía sigo siendo medio tarado para la vida como la mayoría de los jóvenes, pero menos y, además, me doy cuenta de que soy etc. (lo que de por sí ya es un signo de tener en la cabeza algo más que un canguil por cerebro). Tienen que perdonarme la palabra jóvenes. No quise utilizar chicos porque me suena a niñería. En cambio, después de haber dicho jóvenes siento que me refiero a alguien más grande pero me retumba insufriblemente como retiro espiritual. Únicamente después de haberme informado más que novio en curso prematrimonial, decidí jugar a la ignorancia perversa del niño que le agarra la cola al gato para ver si se hace pipí. Perversa es una palabra inteligente. Con ella me imagino un cerebro lleno de sabiduría y maldad.

Fue una tarde de sofoco, en el febrero húmedo y lluvioso de Guayaquil, con el ruido de un ventilador de fondo, echado en el sofá, la cabeza sobre las piernas de mamá que estaba sentada apacible en la esquina del mueble sin saber que enseguida tendría un duelo crucial con la madurez. Con la mirada extraviada en el cielo raso y en el cerebro hirviendo las minifaldas de mis amigas de barrio, quise saber acerca de la llegada de los niños al mundo. Hice la pregunta con el tono exacto con el que debe hablar la inocencia según lo había aprendido en los manuales de educación sexual y con la estulticia que atravesaba mi cara ligeramente poblada de espinillas. Otra palabrita: estulticia. ¿Cómo les queda el ojo? ¡Esta sí que suena bien! Hay que decirla cuando uno cree que la estupidez está reconcentrada en algo o alguien.

Sí, ya sé. Ustedes me dirán que ya estaba bastante grandecito para andar haciendo esas preguntas cuya respuesta ya sabemos todos: definitivamente, los niños vienen de París. Oui. Pero no se olviden que para los padres, los hijos siempre seremos una especie de bebitos a los que les empiezan a crecer cosas con el tiempo. A unos barba. A otras, el culo. Estulticias. Además, nunca habíamos hablado del asunto y yo quería que lo hablásemos. Me molesta el silencio. He oído por ahí que el silencio es cosa de sabios. Pero yo no aprendo aún ese tipo de sabiduría. Aquella noche, sin proponérselo, Débora me enseñó cómo vencer el silencio y, desde entonces, para mí, las palabras son todo. Me pica la lengua y no puedo parar. Y claro, me pierdo, doy un vueltón para no más de decir algo tan simple. Me agoto pero sigo. Y sarna con gusto no pica. Y bueno, otra vez de regreso a lo que estaba contando:

Mi madre siempre ha sido sencilla como un libro de cocina pero nunca tan simple como los libros de catecismo. Tiene unos hermosos ojos color cielo agrisado. Cuando mira con tristeza es como esas tardes en las que se viene un chaparrón. Cuando sonríe, en cambio, parece un día de playa. No habló de París, de ningún repollo ni de todas esas combinaciones posibles por donde siempre terminan apareciendo Papá Noel o una cigüeña. Con recato y en voz baja, como ella suponía se debía de hablar de estas cosas, mezcló en partes iguales botánica, teología y contabilidad familiar al exponer la cuestión de la semillita, la maldición de parir con dolor y aquello de que cada bebé trae el pan bajo el brazo.

No sé si a lo mejor yo esperaba algo más directo y brutal. Pero con el desparpajo que tenemos los chicos me santigüé mezclando un cuarto de burla, otro de desilusión y dos de temores. De pronto me sentí huérfano. Hasta puedo decir que, si ya hubiera conocido a Débora, hubiese preferido sus palabras roncas. Sin saberlo, en ese momento tomé una decisión triste. Me dije a mí mismo que mamá jamás oiría de mis labios aquellas cosas que estrujarían mi corazón inédito a medida que se me engrosaran los músculos, la voz y la malicia. Cuando aprendí a usar la palabra inédito me di cuenta que toda la vida iba a tener en mi espíritu algo sin editar, algo nuevo, algo desconocido para los demás. Me he propuesto una misión en la tierra: descubrir lo inédito que llevan las personas adentro.

Lo peor de todo fue que no me quedó otra salida que entrar al taller casero en el que mi padre mataba su burocrático aburrimiento y la costumbre de los matrimonios que ya no conversan. No sé desde cuando papá y mamá repiten los gestos y las cosas pasan sin que crucen palabra alguna. Él levanta una ceja y mamá le sirve una taza de café. Ella suspira y papá se acerca y le toma la mano por un rato; después sigue leyendo el periódico. Nunca les he hablado de mi padre. Él es de tagua y cactus. Cuando quiere ser cariñoso me despeina y me pega puñetazos suaves en el hombro. Y cuando está furioso putea y, si es conmigo, me arrea un par de manotazos por donde caigan. Para ser exactos me arreaba. Nunca más desde que pasó lo que él cree que pasó. Cuando me presenté ante él lo hice dispuesto a lo que viniera.

¿Ustedes han visto al choro que es sostenido de la pretina por un policía que lo mete al interior del patrullero? Así estaba yo. Dicho sea paso, mi padre tiene un eterno cigarrillo negro y apestoso adherido a los labios a manera de apéndice, es más bien parco —algo que, pueden apostar sus cabezas, no he heredado— y parecía no haberse dado cuenta de que yo ya estaba crecidito. Sin duda alguna, adherido es otra buena palabra. Imagínense un recuerdo que se lleva adherido al corazón. Me figuro que esas son las cosas que a las personas nos duran para toda la vida.
Una mañana de sábado apacible me paré bajo el dintel de la puerta del taller. Si me hubiera visto en un espejo podría asegurarles ahora que la luz iluminó mi cuerpo convirtiéndolo en mitad ángel aparecido y mitad bravucón de barrio y, si tuviera el poder para ver en el interior profundo de la gente, les confirmaría que a mi padre le corrió un humor ardiente por toda la columna vertebral cuando me vio. Pero ni había espejo ni tengo visión de rayos X. Por eso, todo lo que les digo es cierto únicamente para mis ganas de charlar. Hasta hoy, solo una vez he permanecido más de un minuto en silencio. Fue con ella y me salvó la vida.

Dicen que los adolescentes llevamos nuestro cuerpo con mucha dificultad y que, en ocasiones, lo dejamos andar con la equivocada convicción de ser libres. Cuando entré al taller que me estuvo vedado desde que era niño ya no le encontré el misterioso atractivo que hasta dos años atrás ejercía. De golpe y porrazo comprobé que, sin darme cuenta, para mí el mundo se había reducido de tamaño. Algo vedado es aquello que a toda costa queremos hacer y no nos dejan. Mi lista personal de vedados es inmensa pero quiero que vean unos cuatro por lo menos para que se hagan una idea: manejar el carro de la familia (lo que resulta humillante a la hora de visitar a mis amigas: llegar en bicicleta no me hace precisamente un artista de cine), tomar cerveza (eso es nuevo: hasta hace un año, por ejemplo, no podía soportar su gustito amargo, pero ahora me fascina, solo que aquello sería motivo de otra plática), fumar en casa (ando repleto de caramelos de mentol), o tocarle las tetas a mi chica (siempre que lo intento me quita las manos sin mucha alarahaca pero con convicción).

Repetí la pregunta que días atrás hice a mamá. En el segundo cuando se la formulé a mi padre traté de darme aires de ayudante de profesor de biología al momento de pronunciar la palabra procreación. Quise sonar inteligente para no evidenciar que mi pecho reventaría en cualquier rato. Las palabras técnicas le dan a quien las dice un aire de sabiduría que para qué les cuento. Coyuntura, estupefaciente, megalómano. De todas formas, no es que me importara la respuesta que ya sabía. Lo que me importaba era haber tenido el coraje de preguntarle aquello a papá y, sobre todo, me interesaba escuchar la respuesta que me daría. Coraje tardío, si ustedes quieren, dados mis quince años. Pero cada cual se atreve a ciertas cosas en el momento que puede. Y esto también me lo dijo ella.

Yo ya sabía que por ningún suceso de este planeta mi padre apartaría el cigarrillo que semejaba una prolongación obscena de sus labios, pero creí percibir un ligero temblor en una de sus mejillas. Es increíble la cantidad de movimientos involuntarios que solemos hacer cuando nos ponemos nerviosos. Yo, por ejemplo, hago pucheros y pongo cara de desamparo. ¿Y ustedes? Antes de seguir con mi historia, hay algo que tengo que confesarles: para mí, obscena es una palabra verdaderamente obscena. Como un sueño húmedo. O, mejor, como una Playboy ojeada en grupo de a uno. La respuesta de mi padre emergió áspera, altisonante y definitiva:
—Chechiúl: en vez de estar preguntando pendejadas, lo que tú necesitas es hacerte hombre.

A esas alturas del partido, no me sorprendió la rudeza con la que mi padre sentenció el futuro próximo de mi vida. La verdad es que a los quince años nuestro pasado y nuestro futuro son como una veleta enloquecida y es muy difícil saber por dónde sopla el viento de la felicidad y por donde el de la desgracia. Lo que me provocó el primer retortijón de los muchos de aquel sábado fue comprobar que con el humo obligándolo a achinar los ojos y arrugar el rostro, mi padre quedaba exacto a esos duros de las películas de mafiosos. Recuerdo que ella me dijo cuando estuvimos juntos: “No importa la alegría ni la desdicha. Lo que importa es entregar siempre una parte de nuestra vida a la persona que amamos”. Creo que desde entonces tengo clara otra de las misiones que me he impuesto. Aunque suene melodramático —que es como decir un pan de dulce al que se le unta miel de abeja— pienso que hay que ser transparentes. No como fantasmas sino como el aire.

Desde el segundo en que mi padre me soltó tremenda piedra, el estómago ya no me dio tregua y multiplicó sus embestidas a medida que se acercaba la noche. Cómo no estaría de aturdido que comencé a sudar más que estibador del puerto. En la garganta se me instaló un trozo de plátano atravesado y en las orejas una brasa encendida. En definitiva, un edificio a punto de ser demolido hubiera estado más optimista que yo en aquel momento. La verdad es que cualquiera puede sentirse saludable frente a un muchacho que cuando lo lanzan de cabeza a la piscina no quiere que suceda lo que tantas veces, en la soledad masturbada de sus tardes, ha ansiado que pase. Ese muchacho, por supuesto, era yo. Y yo veía que lo que iba a pasar estaba más allá de las puras palabras. Que de todo eso iba a salir empapado y con frío. O sea, maullando peor que gato escaldado.

Muy a pesar del calendario, aquel sábado mi padre y yo nos vestimos de día domingo. Nos bañamos en colonia. Un poco más y ya apestábamos. Salimos juntos y yo temblaba en secreto, hacia adentro, sin dejar que él lo notara. Lo que, bien visto, es exactamente la forma suprema del miedo. Quienes nos hicieron creer que los años juveniles son un tesoro divino jamás hurgaron con prolijidad en el baúl de sus propias memorias. Ser hijo, a los quince años, es el infierno. No se pueden quejar con este asunto de las palabras. Hurgar y prolijo. No me van a negar que esas sí son palabras de arte mayor. La primera, por ejemplo, es como hacer un hueco en la playa soñando con encontrar una calavera escondida. La segunda, es el mismo hueco, pero hecho a la perfección. Es decir, hueco, calavera y mensaje de pirata.

Y otra vez me voy. Y otra vez regreso.

De aquella ocasión inaugural, no he olvidado uno solo de sus detalles. Hasta me di el trabajo de anotarlos en una de esas hojas que fungen de diario pero que después permanecen dobladas y guácharas, refundidas en esos cajones que acumulan inconstancias. Solo para que me crean: quedaron grabadas en mí la mirada cómplice de mi padre, la ropa barata que ella usaba, el olor a jabón de lavar que tenía el cuarto, el tétrico crujido de las gradas cansadas de tantas idas y venidas y —esto se lo cuento solo a ustedes y como un secreto— las enormes ganas de salir corriendo de aquella casa en dirección contraria. O, por lo menos, de encerrarme en un baño.

Pero ella no me dejó. Le dijo a mi padre que se fuera, que ella sabía cómo hacer su trabajo y que no quería interrupciones. Cuando nos quedamos solos, Débora me taladró el cuerpo con una mirada que parecía tener mil años de antigüedad. Ella me puso a temblar más que una visita al dentista. Se desnudó sin prisa pero era como si no estuviera en el cuarto sino en algún planeta lejano en el que yo no existía ni en la peor de sus pesadillas. De verdad: en ese momento tuve la sospecha de muerte que tienen las reses cuando las conducen al matadero y se dan cuenta de que ya no hay más pasto a su alrededor. Mi delgadez era un espantapájaros en el que se cagan las golondrinas. Y mi estómago, un concierto de retortijones. Taladrar, antes de que me olvide, es cuando te perforan hasta que te atraviesan el alma y tu cuerpo se convulsiona como si fuera un muñeco de caricatura electrocutado.

—Súbete, mi niño —y se acostó y se abrió.

Y entonces se me ocurrió ponerme a charlar. Le hablé de todo: le dije que estaba harto de mi voz repleta de sonidos desentonados que aparecían en el momento menos oportuno; le confesé que fumaba a escondidas y que podía hacer aritos de humo y le propuse encender un cigarrillo y enseñarle como se hacían; le platiqué sobre la mejor manera de agarrar las olas cuando el mar está picado y cómo caminar sobre las piedras de la playa sin resbalarse o herirse la planta de los pies; hasta —y esto todavía me da vergüenza— le recité un poema, escrito por un poeta de Manta, que yo sabía de memoria gracias a mi maestro de quinto grado. Justo después de que dije: hilaré en mi nostalgia el sol que se ha dormido, en la seda fragante de tu melena rubia, ella me puso con mucha suavidad su mano áspera en los labios y susurró:

—Yo también tuve miedo la primera vez. Pero no dije ni mú. Y eso que me dolía hasta la puta madre que me parió —desafiante, como si yo le hubiera estado tomando el pelo, añadió— Además, lo que dijiste no es un poema. Es un pasillo.

(Por favor, en este punto, ustedes y yo hagamos un minuto de silencio igual al que yo hice en aquel momento).
Suficiente.

Entonces fue su turno y habló como si hubiera estado callada durante toda su vida y yo fui una oreja de este tamaño para escuchar aquello que me contó y que jamás les comentaré. Después de todo, ése es mi gesto de reciprocidad al gesto que Débora tuvo conmigo aquella noche. Reciprocidad es cuando dos solitarios descubren la ternura. Sin que intente ser un chiste agrio que tengan que aguantar porque ya no les queda más, puesto que ya están al final de esta historia y se sabe que preso por mil, preso por mil quinientos y toda esa vaina, puedo decir que en el lecho de Débora aprendí todo lo relacionado con el sexo oral. O sea, todo lo que tiene que ver con llenar de palabras una cama cuando dos cuerpos desnudos se abrazan pero no quieren saber nada de copular.
Hoy, tengo algo más de músculo pero siguen sin gustarme las legumbres. Quién sabe por dónde andará Débora, si seguirá usando el mismo nombre de combate, si continuará con el pelo rubioxigenado, si nuevamente se habrá encerrado en su concha de silencio; pero en el recuerdo de aquella noche, ella permanece adherida a mí y hasta estaría dispuesto a ser vegetariano sólo por la verdura de sus ojos, como una vez leí escrito en alguna pared de la ciudad. Última opinión personal por si les interesa: copular es una palabra técnica muy poco estimulante como preludio amoroso.