Yerushalayim, El Aleph[i]

Artículos – Periodismo de opinión

Por Raúl Vallejo

El Aleph es la primera letra de la lengua de las Escrituras. Según Jorge Luis Borges, en su cuento titulado con el nombre de ella, “para la Cábala, esa letra significa el En Soph, la ilimitada y pura divinidad”. En dicho cuento, el personaje Carlos Argentino, explica que “un Aleph es uno de los puntos del espacio que contienen todos los puntos.” Simbólicamente, es todo nacimiento de alguien, todo comienzo de algo, génesis en permanente movimiento que refrenda la perpetuidad del Ser. Para enriquecer este significado, la metáfora literaria de Borges nos presenta al Aleph como “ese objeto secreto y conjetural, cuyo nombre usurpan los hombres, pero que ningún hombre ha mirado: el inconcebible universo.”

En el relato, Carlos Argentino sostiene haber descubierto un Aleph en el sótano del comedor de su casa y comunica su secreto descubrimiento al narrador del cuento. Al final de la historia, el narrador imagina que dicho Aleph era un falso Aleph y que el verdadero se encontraba en la mezquita de Amr, construida en el siglo VII, en el Cairo, a la que acuden los fieles en el conocimiento de que “el universo está en el interior de una de las columnas de piedra que rodean el patio central…” donde nadie puede verlo aunque quienes “acercan el oído a la superficie, declaran percibir, al poco tiempo, su atareado rumor.” La pregunta del párrafo final queda flotando en el espacio de soledad que rodea a todo lector en serio: “¿Existe ese Aleph en lo íntimo de una piedra?”

Mes y medio atrás estuve en Jerusalén, la refulgente Sión de la Historia Sagrada, hecha en piedra de piedra por sobre la que han transitado más de tres mil años de humanidad; vientre del Templo del Rey Salomón en su apogeo del siglo 10 a.C. y tumba de su memoria tras su final destrucción; nostalgia infinita de aquellos que la evocaron al borde de las aguas que atravesaban Babilonia; celebración de los que abonaron su suelo con el hálito victorioso de la sangre de los seis días, en junio de 1967. Yerushalayim, en la lengua de las Escrituras, aquella a la que se denomina “Madre”, “porque todos han nacido en ella / y la eligió el Señor Altísimo” (Sal 87).

Pero Jerusalén es también Al Quds, para los árabes que, después de la Meca y Medina, la sienten como su tercera ciudad sagrada. En el Monte del Templo, también conocido como Haram esh-Sherif, se levanta el “Domo de la Roca”, llamado también la mezquita de Omar, construido en el año 691 d.C. sobre las ruinas del segundo Templo, aquel de Herodes, el Grande, que fuera destruido por el emperador romano Titus, en el año 70, según lo profetizara Jesús a sus discípulos, mientras salían de él y alababan la fortaleza de su construcción, “las hermosas piedras y los ricos adornos”: “Llegará el tiempo en que de todo lo que ustedes admiran aquí no quedará piedra sobre piedra: todo será destruido.” (Lc 21,6). Los musulmanes creen que en ese lugar, Mahoma fue llevado al cielo por el arcángel Gabriel y la tradición judía que en él, Abraham preparó el sacrificio de su hijo Isaac. Junto al domo, se levanta la plateada mezquita de Al Aksa, levantada en el siglo 8.

Al norte del Monte del Templo comienza la Vía Dolorosa, parte de la cual fue diseñada por los Cruzados en el siglo 12. Con ella, como en un mosaico bizantino, se complementa el camino de un complejo entretejido cultural que añade a lo ya dicho el sendero del Calvario de Jesús. Su culminación en la Iglesia del Santo Sepulcro, edificada sobre el sitio histórico de la crucifixión, sacrificio de muerte enraizado en la esperanza de la resurrección cristiana, es el símbolo cultural y religioso de la fe sobre la que se levanta Occidente. Es asimismo, otro elemento que redondea la metáfora mística que santifica esta ciudad. Ciudad antigua en cuyo costado occidental se levanta el “Muro Occidental”, conocido como el “Muro de los lamentos”, a donde acuden los judíos de todo el mundo para rezar y enviar mensajes con peticiones y oraciones a Dios, escritos en pequeños papeles que son hundidos entre las rendijas de las piedras del muro. Ciudad embebida en la gracia indeleble del espíritu del tiempo en cuyo costado oriental se sitúan el Monte de los Olivos y el huerto de Getsemaní, donde, después de la cena postrera, Jesús oró con angustia humana ante la proximidad de la muerte, invocando la clemencia del Padre: “Abbá, Padre; para ti todo es posible, aparta de mí este cáliz. Pero no: no se haga lo que yo quiero, sino lo que quieras tú.” (Mc 14,36).

Es probable que el Aleph acerca del que escribe Borges exista más bien en lo íntimo de una de las tantas piedras de Yerushalayim, ciudad que alberga el espíritu de las tres mayores religiones monoteístas del planeta Tierra. ¿Latirá con fuerza en el interior de una de las piedras de las del Muro Occidental? ¿Resonará el universo en alguna de las piedras sobre las que se asienta el mármol fulgurante del “Domo de la Roca”? ¿Palpitará doliente en aquellas piedras que son parte del camino del Calvario? Yerushalayim es el Aleph en donde todo la espiritualidad del mundo simplemente sucede, tiene lugar como la llama encendida de la fe del ser humano.

Por eso, cuando el espíritu del odio fanático se impone sobre el espíritu leve de la oración, duele el sentido de humanidad que habita en cada uno de nosotros. Hiere enterarse de que en Jerusalén, en la populosa esquina de King George V y Jaffa, el pasado 8 de agosto, la crueldad del terrorismo hincó su dentellada de muerte, dejando esparcidos para la eternidad a 18 personas y malheridas a más o menos 90. Es como si la bomba del fanatismo hubiera explotado en el corazón de ese espacio al que confluyen todos los espacios, en el centro de ese metafórico Aleph en el que miramos la totalidad inasible de la espiritualidad del Ser.

Yerushalayim, el Aleph, centinela de lo humano que enfila la mirada hacia lo divino, concentración del pálpito de lo divino en la piedra tallada por el ser humano; como dice el salmista (Sal 137): “Si me olvido de ti, Jerusalén, / que mi mano se olvide de servirme.”

Nayón, agosto 15, 2001


[i] Una versión resumida de este artículo apareció en mi columna editorial de El Comercio, el sábado 18 de agosto de 2001, con el mismo título.