Política de la esperanza

Artículos – Periodismo de opinión

Por Raúl Vallejo

Para el folclore quedaron los tiempos de Eusebio Macías Suárez que, bajo los auspicios del Movimiento Sicodélico-Cibernético, fue candidato a la presidencia en 1968. Él, que fue concejal de Guayaquil, recorría las ciudades en bicicleta y cargado de un par de tarros de pintura, se detenía para grafitear: “Eusebio, líder de las masas morenas”.

En ese tiempo, para la mala fortuna de Eusebio y el resto de aspirantes, el corazón y el voto estaban subyugados por la palabra barroca de Velasco Ibarra, que ese año reafirmaía su estrategia de conquistar al electorado desde cada balcón de cada plaza. Había pobreza pero no crisis. Había corrupción en las altas esferas pero aquello se veía como algo lejano. Todavía no gozábamos de las miserias de nuevos ricos que nos trajo el petróleo.

Pero esto, de ninguna manera, significa que viviéramos mejor. Lo que refleja es que, en aquellos años, casi no existía conciencia de ciudadanía y que al poder se lo contemplaba como algo ajeno e inevitable.

Hoy, nerudianamente dicho, “nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos”. El crecimiento de la conciencia ciudadana nos ha llevado a desconfiar de la política y los políticos, y la ausencia de una visión de país nos ha conducido a una atomización de las tendencias. Frente a ello, ya no queremos ni bicicleteros ni balconeros, sino un estadista comprometido con un Ecuador, en el que, pese a todo, seguimos creyendo.

Descreimiento en la política y los políticos

En los últimos años, hemos visto escándalos macondianos. Abdalá Bucaram, que pasó los pocos meses de su presidencia en la pachanga permanente, terminó pidiendo asilo en Panamá. Se dijo, entre decenas de cosas, que, el día que huyó de Carondelet, sus seguidores se llevaron en sacos el dinero del Banco Central. Sin embargo, hasta hoy nadie ha sido sancionado y ningún pez gordo está en la cárcel. Fabián Alarcón y su círculo cercano no terminan de explicar ante la justicia la devolución de aproximadamente 23 millones de dólares a la empresa Andrade-Gutiérrez. Lo triste es que Alarcón tenía el deber cívico de devolver la esperanza a la gente, golpeada por la escandalosa administración de Bucaram.

Después llegó Jamil Mahauad, el producto mejor vendido del marketing político. Aceptó más de 3 millones de dólares para su campaña electoral, que jamás declaró ante nadie, de parte de Fernando Aspiazu. Congeló el dinero de los ecuatorianos y al dolarizar, apresuradamente, al mismo tiempo que licuó las deudas de los que habían quebrado la banca disolvió los ahorros de la gente. Mahauad, en vez de liquidar Filanbanco en 1998, se hizo cargo de una institución que, al momento de pasar a la AGD, según una auditoría presentada por Deloitte & Touche, en mayo de 2001, tenía pérdidas de US$ 654 millones por los que hasta hoy no han respondido los accionistas de entonces, es decir, los hermanos Isaías Dassum. Sólo Aspiazu está preso. Mahauad, ironía del poder y sus alianzas, dicta clases de gobernabilidad en Harvard.

Los escándalos de corrupción que han quedado en la impunidad y el deterioro de la situación económica y social en medio de estos escándalos, han hecho de la gente, una ciudadanía descreída de la política y los políticos. En este ambiente, una campaña electoral, se torna un deber de consciencia para quienes entienden el ejercicio del poder como un imperativo ético.

La atomización de las tendencias

Este descreimiento y la imposibilidad de los grupos de poder para formular un proyecto de país, se expresa en la regionalización y proliferación de candidaturas. Hay candidatos costeños y candidatos serranos en el sentido de que su base electoral se encuentra regionalizada. La multiplicación de las candidaturas es una muestra de una variopinta expresión política que ha vuelto ingobernable a un país incapaz de llegar a acuerdos mínimos.

En medio de la crisis de representatividad de los partidos políticos, desprestigiados por causa de algunos piratas, pocos pero con mucho poder y voz en los medios, que se tomaron algunas tiendas políticas, cualquiera piensa que puede ser presidente sin siquiera haber construido un liderazgo sólido ni tener una convincente propuesta de país. Así surge, por ejemplo, la candidatura de Alvaro Noboa, el millonario populista, que se ha convertido en el candidato virtual que se favorece de aquella crisis: no habla, no le interesa el debate, y ha hecho de la caridad su principal estrategia electoral.

Ese rechazo a la política tiene otra consecuencia: la ausencia de nuevos liderazgos. Y no se trata solamente de si en las listas existen o no algunas “caras nuevas”. A los jóvenes, tendencialmente, no les interesa la participación política, al menos, tal como se la concibe en la consciencia social.

Los líderes actuales, cuyo liderazgo es producto de un trabajo que les ha tomado años de sacrificio personal y familiar, tienen un desafío crucial: crear las condiciones necesarias para que los nuevos líderes comiencen a emerger, no como herencia política, sino como producto de la recuperación de la confianza en la política, entendida como una acción ética.

Los compromisos del nuevo Presidente

En todos los ámbitos se oye decir que nuestro país carece de políticas de Estado. La educación y la salud pública, por ejemplos, son los sectores más golpeados. Por tanto, un compromiso sería crear condiciones para construir acuerdos mínimos de gobernabilidad para el mediano y el largo plazo. En la práctica, esto significa definir políticas de Estado, a través de un proceso nacional de concertación, en sectores básicos como la educación, la salud pública, la conservación del medio ambiente en el marco del desarrollo sustentable, el turismo, etc.

El otro compromiso es el de luchar contra la corrupción para transformar la política en un ejercicio cívico de honestidad. El Presidente debe estar dispuesto a castigar a quienes en su gobierno se vean involucrados en comprobados actos de deshonestidad. Para ello, es fundamental que la Comisión Cívica de Control de Corrupción cuente con el apoyo y el fortalecimiento institucional del gobierno, puesto que es el único espacio ciudadano independiente que puede asumir esta tarea.

Finalmente, el Presidente debe gobernar con visión de Estadista. ¿Cuál es el país que queremos para nuestros hijos y nietos? La visión del largo plazo debe primar en las decisiones y éstas deben fortalecer la consciencia cívica de la gente. Entonces, los bicicleteros y balconeros serán un recuerdo folclórico, los corruptos y oportunistas una pesadilla archivada en el diván de esa psicoanalista de los pueblos que es la historia. Se trata, en síntesis, de un programa de gobierno con un punto fundamental: conseguir que la ciudadanía recupere la esperanza en el Ecuador, nuestro país.

Nayón, 21.09.02