In memoriam

Artículos – Periodismo de opinión

Por Raúl Vallejo
Diario El Comercio, Quito, 17 enero 2004.

Mi mamá murió el sábado pasado. Ni la médica de la ambulancia que la condujo de la casa al hospital, ni los médicos del servicio de emergencia, pudieron hacer nada a pesar de que hicieron todo lo que su ciencia les ha enseñado. Al 10 de enero, ella tenía 78 años y medio, un corazón que decidió prolongar en la eternidad la paz que fue su existencia y un rosario de pétalos de rosas en las manos. Esa mañana, antes de desayunar con mi esposa y conmigo, mamá había leído, según la señal que encontré en su Biblia días más tarde, recostada al respaldar de su cama, el Salmo 39: “Señor hazme saber mi fin y cuánto va a durar mi vida, para que sepa cuán frágil soy”. Creo que por la fe que tenía ella estaba, como ninguno de nosotros, totalmente consciente del sentido transitorio de la vida y de que ningún oropel nos acompaña en el último viaje.

No fue una intelectual ni le gustaba la política; fue una mujer sencilla. Por ello, nadie escribirá editoriales acerca de su sapiencia académica. Nadie, excepto yo que, al igual que mis hermanos, recibí de ella las lecciones de economía que se vuelven axiomas indispensables cuando el padre ha abandonado a su familia: arroparse hasta donde la sábana alcanza, tener presente el tiempo de las vacas flacas y no desear los bienes del prójimo. Nadie hablará de su aporte a la democracia, excepto yo que fui testigo de su política familiar: mamá no amó a sus hijos de la misma manera; mamá nos amó según la necesidad de amor que cada uno, en su momento, requería de ella. En la modesta casa que habitamos, tanto en Manta como en Guayaquil, jamás nos faltaron ni el pan, ni las sábanas frescas y menos el cariño.

Por el azul intenso de su mirada supe del color de la tristeza. Pero en esa mirada diáfana jamás entró la amargura ni nada que se le pareciera ya por causa de sus discretas penas de amor, ya por la ansiedad que le ocasionó siempre el sufrimiento de aquellos a quienes quiso, ya por el solitario arribo a la vejez que a todos nos llegará. Por el blanco resplandeciente de su cabellera —que en su juventud fuera de dulce de pechiche—, supe del color de la plenitud que emana una vida despojada de la fatuidad. El tesoro que nos heredó es su vivencia del perdón humano. Ella lo resumía en la oración de Jesús a su Padre: “…perdona nuestra ofensas así como también nosotros perdonamos a quienes nos ofenden…”. Para los creyentes una norma de vida, para quienes no creen una propuesta ética. Yo espero que mi orgullo sea vencido por la sencillez y acepte de corazón esta herencia.

¿Por qué nos duele la muerte de los seres queridos? ¿Nos duele acaso porque nos enfrenta a nuestra propia condición de finitud? ¿Tal vez porque ella nos obliga a aceptar que la belleza, la riqueza y el poder son únicamente contribuciones volátiles a esa hoguera de vanidades que nos ciega? Si el hipotálamo nos dice que es inevitable, deberíamos recibirla con calma. Si el corazón nos afirma la existencia de la eternidad del espíritu, deberíamos aceptarla con discreto regocijo.

Somos, sin embargo, seres para la vida y en nombre de esta vida es que debemos entregar amor en lo cotidiano, contribuir a la paz, perseverar en la construcción de la justicia. Y todo ello tiene valor sea que creamos en la trascendencia o no. Con otras palabras pero con el mismo significado me lo decía mi mamá Aída, que ahora es una memoria que me ilumina.

Santa Ana de Nayón, 15.01.04