Luna caliente: metáfora del cuerpo–territorio

Artículos – Literatura

Por Raúl Vallejo

Una pasión repentina e insensata que, ya en las primeras páginas de la novela, conduce a Ramiro Bernárdez —32 años, abogado, estudios en París, “un hombre de reserva” para el proceso regido por la dictadura militar, en cuyo tiempo transcurren los acontecimientos— a una violación que la víctima —Araceli, adolescente de 13 años— termina por aceptar. Una violación que lleva a que el violador cometa un asesinato. Un asesinato que guía al criminal por un despeñadero de horror sin escapatoria.

Luna caliente, Premio Nacional de Novela de México, 1983, de Mempo Giardinelli, Premio Rómulo Gallegos, 1993, con Santo oficio de la memoria, puede ser leída como la exploración de un cuerpo indomable que sobrevive al amor insano de quienes lo habitan, convertido en metáfora de una nación.

“La culpa había sido de la luna. Demasiado caliente, la luna del Chaco”, dice Ramiro buscando una excusa para sus crímenes. Esa “luna caliente”, sin embargo, es inevitable para todos, habitantes de una “tierra de nadie: donde para morir es muy pronto y para amar es muy tarde”, contagiados de una fiebre que les viene de otra parte; de la bóveda celeste, si se quiere, pero que está imbricada en sus espíritus como un huésped grato aunque inoportuno.

Araceli, de mirada “lánguida o seductora, o las dos cosas”, es una muchacha—mujer, “orgullosa y azorada” de su cuerpo adolescente en crecimiento. Araceli seduce con inocencia y perversidad para, al mismo tiempo, ser seducida con deseo desbordado y virulencia. La violación a la que es sometida por parte de Ramiro es una suerte de bautismo: Araceli y Ramiro quedarán signados por el arrebato inicial y toda su relación será construida bajo tal marca. El cuerpo de Araceli se transformará luego en un cuerpo insaciable, desbordado.

Cuando Araceli sobrepasa el deseo de Ramiro, éste cae en cuenta, con terror, que está abrazado “a algo maligno, infausto, execrable”, pero también que él mismo “había corrompido a la muchacha”. El furor de Araceli dormitaba antes de que él apareciera y cuando él lo enciende, después, ya no es capaz de sostenerlo, pues la pasión despertada lo sobrepasa. El cuerpo de Araceli se convierte en una pasión insaciable. Habitada por ella misma, Araceli es un cuerpo que busca el deseo y resiste el arrebato que aquel deseo provoca, que no se construye límite alguno y vence el dolor al que es sometido; Araceli, habitada por Ramiro, es un cuerpo al que se desea y se teme, al que se quiere pero de quien se huye, al que se agrede pero del que no se está a salvo.

Ramiro es un migrante que retorna. Ha estudiado en París y regresa al Chaco. Es el sujeto que vuelve a su tierra para encontrar que la tierra que dejó ya no es igual; y en ese encuentro violento y apasionado se da cuenta que él mismo ya no lo es tampoco. Araceli—Argentina es el territorio al que se ama con fuerza, al que se desea sin importar las consecuencias, al que se anhela poseer y destruir, al que se lleva adentro no importa a dónde se vaya. El territorio que siempre tocará la puerta de su habitante exhausto para recordarle que continúa vivo y exigente. Ramiro, escondido en un hotel paraguayo, sin Dios, sin refugio adicional, sabrá que “la condena era ser joven y estar vivo, y no poder morir ni amar”.

Luna caliente, de Mempo Giardinelli, es la metáfora de un cuerpo—territorio, deseado y deseante, que sobrevive.