La palabra inflamada

Artículos – Literatura

Por Raúl Vallejo
Kipus. Revista andina de letras (Quito) 13 (II semestre 2001): 19 – 26.

“Día ha de llegar que asesine a ese bandido por quien he sufrido tanto”[1], le comenta, con palabra impregnada de odio de varón humillado, a su aprendiz de confianza, José Fuentes. También se queja de su precaria situación económica en la pobre talabartería que ha montado en la calle baja de San Francisco, en Quito, donde trabaja sillas de montar, bridas y gruperas. “…por quien he sufrido tanto” repite para sí, con ira contenida, Faustino Lemos Rayo, que habrá de hendir el machete ciego catorce veces sobre los últimos suspiros de vida de Gabriel García Moreno, el viernes 6 de agosto de 1875, a la una y media de la tarde.

Pero no solamente él sueña con la desaparición del gobernante. El 28 de octubre de 1874, Juan Montalvo, en un encendido opúsculo titulado La dictadura perpetua, dice: “García Moreno no se va todavía, la esfinge no se mueve: su castigo está madurando en el seno de la Providencia; mas yo pienso que se ha de ir cuando menos acordemos y sin ruido: ha de dar dos piruetas en el aire y se ha de desvanecer, dejando un fuerte olor de azufre en torno suyo.”[2] Es el mismo Montalvo que, el 16 de febrero de 1870, durante su exilio en Niza, escribe, con palabra apasionada y nobleza de espíritu tal como se entendía en su época, a una misteriosa Lida, la mujer que representa en su vida el encuentro fortuito con el amor y que le da fuerzas para soportar la soledad y la pobreza: “¡Ah, no vengas, Lida, no vengas! Es preciso que regreses a casa con tu pureza. […] Si hemos resistido hasta ahora, no respondo más de mí ni de ti, si estamos solos y a nuestro agrado. […] Yo soy hombre que estoy dispuesto a morir sea por la gloria, sea por el honor, hasta por un capricho. Pero tú Lidia, no pierdas tu vida, no te obligues a vivir deshonrada, perdida sin remedio […esta sociedad…] perdona a menudo los crímenes de los malvados, pero jamás la falta de los buenos.”[3]

Juanita Terrazas, sin ser escritora, aporta con su palabra de mujer templada en las sombras excitantes de la clandestinidad. Ella es la amante de Abelardo Moncayo, el teórico de la conspiración contra García Moreno y, a pedido del propio Moncayo, que luego será denigrado por ciertos historiadores conservadores por este motivo, accede a dejarse enamorar por el comandante Francisco Sánchez con el objetivo de que éste se comprometa con los conjurados y respalde el asesinato. Ella confesará con palabra perfumada de orgullo: “Yo lo hice todo con estas polleras y este cuerpo que se lo han de comer los gusanos.”[4]

Abelardo Moncayo fue jesuita. Él sabía exactamente el alcance de la empresa en que estaba metido y, con su verbo lleno de palabras como ‘libertad’, ‘lucha contra el tirano’, ‘hombres de honor’ va consiguiendo, uno a uno, adeptos para la causa que considera un imperativo ético: “El tirano me ha declarado la guerra prevalido de que es el dios del Ecuador y de que lo sostienen frailes, clérigos, nobles y soldados; pero juro que veré rodar por el suelo a este Júpiter tonante.”[5] La conspiración contra quien se aprestaba a juramentar como presidente reelecto estaba en marcha; pero no se trataba únicamente de la acción del terror. Abelardo Moncayo escribió con palabra de patriótico ímpetu juvenil: “Cuando, tirante la cuerda, / Gime un pueblo esclavizado, / Bajo la opresión inicua / De algún salvaje tirano; / Nunca al ingenio preguntes / Si vuela o va paso a paso / […] / Sólo del terror las alas / Resuenan en el espacio: / No lo dudes, sepulcral / es la calma que gozamos!”[6]

Por su lado, García Moreno también tenía su palabra encendida. En su “Mensaje al Congreso Constitucional” de 1875, su convicción de que es un elegido para la patria es lapidaria: “El Ecuador era antes un cuerpo del cual se retiraba la vida, y que se veía devorado por una plaga de insectos asquerosos que la libertad de la putrefacción hace siempre brotar en la oscuridad del sepulcro; pero hoy, a la voz soberana que mandó a Lázaro salir de su fétida tumba, se levanta de nuevo a la vida, si bien conservando en parte todavía las ataduras y ropaje de la muerte, es decir, las funestas reliquias de la miseria y corrupción en que yacíamos.”[7] Es el país en el que, en 1873, él mismo había apoyado la “Consagración de la República al Corazón de Jesús” mediante decreto oficial y pomposa solemnidad.

Meses después del asesinato, el 28 de febrero de 1876, Mera termina su poema “El héroe mártir”; con palabra dolida e indignada exclama: “¡García ha muerto! ¡ha muerto un gran humano! / defensor de la fe, lampo de gloria / y orgullo a la par de la moderna historia […] ¡Ay! Patria, ¡tu infortunio es cierto! / apagóse tu sol: ¡García ha muerto!”[8]

Es la palabra inflamada de esos románticos nuestros del siglo XIX. Es la palabra cargada de pasión de aquellos escritores civiles que cabalgaron siempre desde las letras, que los autorizaba en tanto personajes del pensamiento, hasta la política, que los convertía en personajes de la acción. La tarea del intelectual estaba unida a la consecución de sus utopías entendidas como el puerto al que emproaban las nacientes repúblicas.

Según el padre Berthe, religioso partidario de García Moreno, en un texto de 1892, en el momento del asesinato, el presidente, “tendido en el suelo, el cuerpo todo cubierto de sangre y la cabeza apoyada en el brazo, yacía moribundo sin movimiento” escucha impotente las imprecaciones de Rayo. Instantes atrás, Rayo había asestado los machetazos mortales mientras gritaba: “Al fin te llegó tu día, bandido”. Moribundo, “…el héroe cristiano murmuró por última vez: Dios no muere.”[9] Rayo había consumado su venganza personal en medio de una conjura política. Para él, Otelo del siglo XIX, el honor ultrajado por García Moreno que, según presumen historiadores poco afectos al presidente asesinado, había convertido en su amante a María Mercedes Carpio, esposa de Rayo, estaba limpio. Para García Moreno, su palabra final era la confirmación de su creencia de toda la vida: Dios es la eternidad y vence la ignominia de los traidores.

Frente al magnicidio, se ha atribuido a Montalvo la frase “mi pluma lo mató”, aunque no existe artículo que la confirme ni prueba alguna de que la hubiera pronunciado. Inexplicablemente mágico que, en un siglo en el que la escritura es el espacio primero con el que las personas se autorizan, la frase de Montalvo hubiera remontado los siglos únicamente por la persistencia de la tradición oral. Sí dijo, en cambio: “…si García Moreno muriera en su cama, el pueblo ecuatoriano habría quedado señalado para siempre con la marca del esclavo; ha muerto a puñaladas [aunque lo exacto es que murió a machetazos] y sus víctimas poseen ya su título para la consideración de las naciones libres.”[10] Montalvo convirtió el magnicidio en una acción heroica movida por ese imperativo ético que encendía el Alma romántica.

Pero el mismo García Moreno tenía conciencia poética tanto del propio encuentro con la finitud como el de los hombres que en el siglo XIX se dedicaron a esa vocación civil que los hermanaba aun cuando sus distancias estaban señaladas por un abismo ideológico. En su poema “A Fabio”, concluye con palabra premonitoria: “Conozco, sí, la suerte que me aguarda: / présago, triste el pecho que me la anuncia / en sangrientas imágenes que en torno / siento girar en agitado sueño. / Conozco, sí, mi porvenir y cuantas / duras espinas herirán mi frente; / el cáliz del dolor, hasta agotarle, / al labio llevaré sin abatirme.”[11] Morir por la libertad de la patria es el anhelo de todos aquellos románticos del siglo XIX que llevan el sentido del deber hasta sus consecuencias extremas, aún a sabiendas de que la ingratitud es norma y la memoria excepción.

Recordando la persecución de la que fue objeto por parte de García Moreno debido a un juicio de imprenta que le ganara el 21 de mayo de 1861, el liberal Miguel Riofrío hace del lugar en donde vive su exilio un escenario para revivir la libertad arrebatada: “Aquí estás estupenda, allá, piadosa, / de vencedor y mártir una palma / le diste al trovador: ora ruidosa, / ora en silencio fecundaste su alma.”[12]

Años después, luego del asesinato mediante el envenenamiento del vino del cáliz de José Ignacio Checa, Arzobispo de Quito, durante el oficio de la misa del Viernes Santo del 30 de marzo de 1877, Juan León Mera, en su elegía “El martirio y la iniquidad” expuso su palabra indignada y dolida recordando también el asesinato de García Moreno: “Desahógate, musa… Ayer el brazo / de negra iniquidad dio aleve muerte, / de la mísera patria en el regazo, / al varón generoso, sabio y fuerte, / columna de ella, y gloria y esperanza; / hoy de saña diabólica animado, / busca otra presa, tiéndese y alcanza… / alcanza… ¿a quién? ¡Dios mío! / Al sacerdote manso, justo y pío, / a nuestro padre amado, / a tu siervo, Señor, en cuya diestra / puso la tuya celestial cayado!”

Es, sin embargo, el mismo Mera que el 23 de diciembre de 1868, en carta dirigida a García Moreno, justificaba con palabra pletórica de admiración la violencia del poder: “Francamente, yo por naturaleza [y por principio] soy enemigo del cadalso, yo no lo quisiera ni aun para Urvina, pero sí me agrada que usted mande aunque sepa fusilar, porque hay cosas que valen más que la vida de un revolucionario, cuales son la religión, la moral, la paz y los demás intereses comunes de [a] toda la nación.”[13]

No obstante lo dicho, para una mejor comprensión histórica de las ideas de nuestros escritores civiles del siglo XIX, hay que entender que en aquel entonces el recurso de la pena capital aplicada al enemigo político era un patrimonio utilizado y querido por todos los bandos; por ejemplo, Juan Montalvo escribe en su “Duodécima Catilinaria”: “No le perdonara por desprecio [a Ignacio de Veintimilla], si cayera en mis manos; le condenara a muerte despreciable; la horca es honra para delincuentes así tan bajos y soeces. Bolívar no se desdeñó de ahorcar a Zuázola: la bala generosa, el noble acero no merecen la triste suerte de quitar la vida a los que la han manchado con las más viles acciones. Traición, robo, incesto, asesinato, perjurio, no son para la señoril espada ni el soberbio remington. Bolívar tuvo vergüenza de fusilar a Zuázola: le hizo ahorcar a vista y paciencia de los españoles encerrados en Puertocabello.”[14]

Es más, el propio García Moreno, alrededor de 1843, “transformado en Jacobino, lideró un intento de asesinato al Presidente Flores.”[15] Desde una imprenta clandestina, García Moreno publica su palabra ensonetada de rabia contra la tiranía: “¡Desdichado Ecuador, ningún consuelo / Esperar ya ni concebir te es dado, / Que el despotismo torpe de un soldado / A sufrir siempre te condena el cielo / […] / ¿Faltará un genio que con brazo fuerte, / Arroje para siempre y sin clemencia, / De esta Roma afrentada al cruel Tarquino?”[16] El discurso de los románticos del XIX está cargado de corazón; la palabra se sostiene en la vida que se juegan en cada acción encendida que rompe con la monotonía cotidiana. Para ellos, no existe palabra que no se sostenga en la acción ni acción que no obedezca al mandato de las ideas. Se trata de la política encendida, alumbrada por el fulgor del intelecto.

Mas la palabra no se circunscribe a la política. Está imbricada en cada esfera de la existencia y, por supuesto, resplandece exaltada en el amor. Recién llegado de Wiesbaden, Alemania, Juan Montalvo conoce a la Lida de la que ya hablamos, a fines de 1869. Ella es alemana y su rastro puede ser seguido en la Geometría moral, en donde, según la hipótesis de Jácome Clavijo, Montalvo se asume como Don Juan de Flor y Lida es ficcionalizada como la noble Laida Von Krelin. En carta del 19 de noviembre de 1869, Lida escribe a Montalvo: “Tú has cambiado totalmente mi fortaleza [pues ella se jactaba de no haber correspondido jamás a un hombre], rodeándome con tus miradas. Cuando te vi, te creí. No te encontré hermoso, pero cuando me atreví a mirar a tus ojos me estremecí”. Y él responde: “La vida, el mundo, la eternidad están ahora en el porvenir; y yo te veré en todas partes donde vayas, aún en el infierno […] El amor nace de golpe; es un genio hecho de una pieza y por eso es fuerte, grande, superbo.” Es la intensidad del amor romántico, el que vence al tiempo y permanece espíritu en el espíritu cuando los cuerpos se han separado.

Juan León Mera también imagina ese espíritu del amor que permanece espíritu. En 1854, crea un ideal de mujer al que llamó Cemila y a quien le dedica “sueño de amor”: “¡Oh Cemila, Cemila, cuánto puedes! / ¡Bendito el Numen que te ha dado el ser! / ¡Estrella de mi amor, tú no procedes / de seno impuro de mortal mujer!”[17] Es la preeminencia del espíritu por sobre la materia, esa idealización de la mujer que la palabra construye como testimonio de la búsqueda de siempre. Mera encuentra, con el matrimonio, ese ideal recreado en la palabra y vuelca la pasión en la proximidad material de Rosario Iturralde, la mujer con quien procreara 13 hijos; así, pues, despide a Cemila, que se desvanece tras las palabras de la separación definitiva: “¡Adiós por siempre! En la familia humana / hallé la realidad bella y preciosa / que imposible juzgué. Ya mi fogosa / mente está satisfecha y mi alma ufana.”

Pero Montalvo sabe que se trata de un amor imposible. Él está viviendo lejos de su mujer, sus hijos y lejos también de su patria. Lida es impetuosa y está dispuesta a la entrega: “¿Habría yo encontrado en países extranjeros lo que no me fue dado encontrar en mi patria? […] La verdad es que no hay sino tú que merezca ser amado. Imposible no amarte después de haberte conocido”. Montalvo está atrapado entre el deseo de Lida y la certeza de que no podrá unirse en vida a Lida. Él es un alma romántica capaz de amar el espíritu de la amada aunque es consciente de que la carne, si es tentada, habrá de vencerlo.

Montalvo tiene que partir. Está en la miseria pero su orgullo le impide aceptar ayuda por parte de Lida; en febrero 21 de 1870 escribe: “¿Qué clase de gestiones quisieras intentar? Vas a contraer deudas, por casualidad? ¿Quieres pedir para mí? […] Lo que el hombre puede ceder ante la desgracia extrema es hacer un préstamo o solicitar un empleo. Lo que no puede tener lugar entre personas ligadas por relaciones secretas, que jamás serán legítimas […] Abrázame y recibe este beso muy fuerte para que no dudes de mis energías […] Quiero poseerte sin perderte.” Montalvo tiene el orgullo libertario de los románticos y concibe la mezcla del amor con el dinero como la humillación del Alma.

Mera se sabe y se asume pobre: “Siempre avara conmigo la fortuna / De mi alcance sus dones ha alejado”; pero también se sabe poseedor de una riqueza mayor: “Mi noble corazón y mi talento”, ambos en función de un bien superior, de un destino que, espiritualmente, lo satisface en plenitud: “De mi Patria a la gloria éste dedico, / Y a la tierna beldad a quien adoro / Mi corazón entero sacrifico.”[18] La palabra dulcifica el sufrimiento y las urgencias que durante años Mera padeció en su refugio en Atocha.

La correspondencia con Lida, nos muestra un Juan Montalvo de espíritu que se consume en la intensidad del amor, que se debate entrampado entre la pasión y los principios; y si bien no existen huellas de aquella Lida en los textos escolares, ella pervive en la sentido de eternidad que caracteriza al alma romántica. Los poemas de Juan León Mera son un espejo de otro tipo del alma romántica de la que hablamos: lo que en uno es exaltación, en el otro es el sereno disfrute del amor ideal en el que se vive; lo que en uno es el arrebato de la pasión de lo que se desea, en el otro es la vivencia de la intensidad de lo que se posee. En ambos, es la palabra cargada de aquel sentimiento que el Alma desbocada anhela tocar.

En 1901, a la vejez, Abelardo Moncayo, el líder intelectual de la conspiración contra García Moreno, se enfrenta a la naturaleza, íngrimo, y con palabra de profundo intimismo medita en el poema “La soledad del campo”: “Soledad, soledad!… no es del humano, / Ni en tu lecho de rosas, largo tiempo / Tu aliento respirar: tu peso enorme / El corazón fatiga; y de tus sombras / Invadido al sentirse, hórrido asombro / Le encoge y amilana; lo infinito / En ti se aspira, oh Soledad!… lo palpo: / Sólo Dios o el amor pueden llenarte!”[19]

El escritor civil del siglo XIX, combinando la herencia racionalista de la modernidad y el espíritu libertario de los románticos, fue partícipe del proceso de pensar y construir la nación. Estamos ante un escritor para quien la literatura es parte de su práctica política y de su cultura enciclopédica. La misión del escritor es una misión civilizadora. La escritura es un acto para derrotar a la barbarie; y, al mismo tiempo, es un acto liberador del yo del individuo.

El sábado 7 de agosto de 1875, Juan León Mera salió de Ambato en camino a Quito para participar en la sesión del Congreso que tomaría la promesa de ley, como presidente reelecto, a Gabriel García Moreno[20]. Al llegar a Latacunga, Mera y su compañero de viaje José Ignacio Ordóñez, Obispo de Riobamba, se enteraron de que García Moreno había sido asesinado. Los viajeros alcanzaron a participar de las honras fúnebres del presidente el lunes 9 a las diez de la mañana. Por la tarde, en la reunión de la junta preparatoria del Congreso, Mera, senador por Tungurahua, con palabra de pesar y gratitud redacta un manifiesto y un decreto de honores al difunto que son aprobados por las cámaras.

Nayón, Quito – Ecuador, julio 31, 2001


[1] Cfr. Benjamín Carrión, García Moreno: el santo del patíbulo, Quito, El Conejo, 1984, pp. 700 y ss.

[2] Citado por Carrión, op. cit., p. 700.

[3] Tomado de Montalvo y Lida en Niza, Jorge Jácome Clavijo, ed., Ambato, I. Municipio de Ambato, sfe.

[4] Carrión, op. cit., p. 714.

[5] ibid., p.713.

[6] Abelardo Moncayo Jijón, “El bardo novel. Carta a Fabio”, en Poetas románticos y neoclásicos, José Ignacio Burbano, ed., Puebla, Cajica, 1960, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, p. 472.

[7] Gabriel García Moreno, “Mensaje al Congreso Constitucional de 1875”, en Escritores políticos, seleccionado por Julio Tobar Donoso, Puebla, Cajica, 1960, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, p. 362. García Moreno no alcanza a leer el mensaje puesto que es asesinado antes de la posesión presidencial.

[8] Darío Guevara, Juan León Mera o el hombre de las cimas, 2da. ed., Quito, Edición del autor, 1965, p. 169.

[9] Recuadro tomado de R.P.A. Berthe, García Moreno, Víctor Retaux a hijo, Libreros-Editores, París, 1892, incluido en Alfredo Pareja Diezcanseco, Ecuador. Historia de la República, t. 2, Quito, El Conejo, 1984, p. 37.

[10] ibid., p. 47.

[11] Gabriel García Moreno, “A Fabio”, en Poetas románticos y neoclásicos, José Ignacio Burbano, ed., Puebla, Cajica, 1960, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, p. 105-6.

[12] Miguel Riofrío, “Mi asilo”, en Poetas románticos y neoclásicos, José Ignacio Burbano, ed., Puebla, Cajica, 1960, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, p. 116.

[13] Citado de Luis Robalino Dávila, García Moreno, por Enrique Ayala Mora y Rafael Cordero Aguilar, “El período Garciano: panorama histórico 1860-1875”, en Nueva historia del Ecuador, v. 7, Quito, Corporación Editora Nacional / Grijalbo, 1990, p. 235. Las palabras en corchete están en la cita hecha por Carrión en su libro citado, p. 667; asimismo, las palabras ‘Religión’, ‘Moral’ y ‘Paz’ están con mayúsculas.

[14] Juan Montalvo, Las Catilinarias, t. II, Guayaquil, Ariel, s.f., Clásicos Ariel, Biblioteca de Autores Ecuatorianos, v. 66, p. 167.

[15] Enrique Ayala Mora y Rafael Cordero Aguilar, op. cit., 201.

[16] Roberto Andrade, Montalvo y García Moreno, [1925], Quito, El Conejo, 1988, p. 73.

[17] Darío Guevara, op. cit., p. 88 y ss.

[18] Juan León Mera, “Mi fortuna”, en Poetas románticos y neoclásicos, José Ignacio Burbano, ed., Puebla, Cajica, 1960, Biblioteca Ecuatoriana Mínima, p. 255.

[19] Isacc J. Barrera, Historia de la literatura ecuatoriana. Siglo XI, v. III, Quito, Ed. Ecuatoriana, 1950, p. 429.

[20] Los datos informativos de la narración están tomados del libro ya citado de Darío Guevara.