La madriguera: refugio frente al cinismo posmoderno

Artículos – Literatura

Por Raúl Vallejo
Texto leído en la presentación de la novela La Madriguera, de Abdón Ubidia, en el Centro Cultural Benjamín Carrión de Quito, martes 8 junio 2004.

Bruno es un pintor que al llegar a la edad de la madurez se pregunta por el sentido de su vida, de sus amores y de su arte. “Durante cincuenta años he sido un hombre puro” (p. 16), piensa la noche de la exposición en la que exhibe lienzos en blanco, con la tela sin tratar todavía, sin una firma siquiera que posibilite la comercialización del cuadro. Esa pureza de la que tiene consciencia el personaje queda plasmada simbólicamente en ese gesto de pueril desesperación: los cuadros vacíos que, más allá de su provocadora espectacularidad, constituyen la exposición de la nada artística de Bruno entendida como la imposibilidad estética de plasmar, “los gritos histéricos de su alma, de todos modos profundos y verdaderos” (p. 13). Pero no es solo la nada artística: es también el sentimiento de vacío de una vida intensa de la que, después de tanto poseerlo y en las múltiples posesiones, desgastarlo, se ha escapado el amor.

En “una noche suntuosa: todas las estrellas del universo desplegadas en el cielo satinado del último agosto del siglo” (p. 9), con la contradicción en el interior de este personaje dolorosamente humano que conlleva su exposición/happening, se abre la novela La Madriguera, de Abdón Ubidia. En el primer capítulo, Ubidia nos plantea lo que será el conflicto ético del espacio novelesco: la lucha eterna entre el Bien y el Mal, no como conceptos de alguna moral pacata sino como fuerzas que cohabitan conflictivamente en lo profundo del espíritu del ser y en cada uno de los actos que mueven al mundo. Bruno, su arte, su vida, sus amores y en cada esfera la confrontación desde sí consigo mismo. AleXandra, su familia y su amante, su convicción moral y su ansia de transgredirla, su revelador anhelo de fango y su burguesa necesidad de permanecer limpia. La ciudad, despojada de la ilusión de la modernidad petrolera de los 70, enfrentada al final de la fiesta en los 90, concierto de máscaras y del cinismo expuesto como mercancía en las adictivas vitrinas del mall.

Bruno es Géminis y tiene un hermano mellizo, Renato. El personaje cree que, como les sucede a todos los Géminis, habitan en él dos espíritus distintos en lucha abierta y, en su caso por tener un hermano mellizo, tiene que vivir con la certeza de que existen dos Géminis luchando por eliminarse mutuamente. Llevar el enemigo adentro. “No es que llevemos un enemigo cualquiera […] lo que pasa es que ‘el otro géminis’ que tenemos es el propio demonio, ni más ni menos” (pp. 27-8). Esta dualidad que moviliza las acciones de Bruno, el personaje protagónico de la novela, es la metáfora de la dualidad del alma, impregnada de inevitable vitalismo romántico, que nos duele a escritores y artistas: atormentada pero feliz en su logro estético, melancólica pero exaltada en su experiencia vital, aventurera pero fiel en cuestión de amores.

Bruno es el Arte y Renato, el hermano banquero, es el Mercader. Pero esa dualidad desarrolla matices más complejos: la novela plantea, en algún momento, en el propio Bruno la existencia del artista y del mercader, facetas impregnadas en su interior como una contradicción vital con la que debe seguir caminando. Bruno es un producto humano del fin de la última utopía moderna y la imposición del descreimiento de la posmodernidad: tal vez por eso requiere de la nada de sus lienzos, una luminosidad semejante a la muerte por donde puede escapar a la decadencia implacable de su tiempo y de su edad: “¿Su discurso vociferante, no fue nada? ¿Esa Nada le habló a Nadie?” (p. 52). Después de todo, el proyecto de la Fundación en el que se haya empeñado Bruno no es una expresión de generosidad para con los artistas desvalidos sino una tabla de salvación frente a su propia frustración creadora y un anhelo de matar, no exento de remordimientos, el alma del bohemio que habita en él.

Bruno tiene fama de “cazador de muchachas”; vive la sexualidad de manera intensa, con la perversidad del que carece de culpa. En su olvido habita Ana Lorena, la esposa que se fue con la hija de ambos y de quien nada sabe ni sabrá. En su memoria, Margarita se dibuja como el alma gemela a la que tuvo y quiere recobrar, como un Ulises que regresa a Ítaca. El amor, en la novela de Ubidia, es un suceso que se vive en la plenitud del absurdo: símbolo del vacío que queda al final del suceso es esa muchacha sin nombre que siempre se está yendo pero también, en un inesperado gesto de sensatez, esa muchacha sin nombre es quien conmina a Bruno a despojarse de la nostalgia y atrapar a la memoria antes de que se pierda otra vez. Cumplida su misión, como el niño arquero de los griegos, emigra.

AleXandra, que escribe su nombre con una X mayúscula, desafiante, es una burguesa de 42 años y un matrimonio convencional que intenta llenar, con una pasión que la arroje a un vacío, el propio vacío de su existencia. Como todo los elementos de la novela, este personaje también está marcado por la dualidad: el respeto a las formas de la institución matrimonial por un lado, y el anhelo de experiencias que la hagan sentir aquello que no se atreve siquiera a pensar. AleXandra es tal vez, a pesar de su edad y hablando vitalmente, el más inmaduro de los personajes –mucho más inmaduro que las adolescentes como Carla y la propia muchacha sin nombre– por eso también es el más egoísta: caída en la hondura más abyecta de su deseo, sólo se le ocurre la pueril negación de su aventura: “Tienes que jurarme que nunca volveremos a hablar de esto, porque no ocurrió, no ocurrió”, le suplica, le ordena a Bruno al final del viaje. De alguna manera, representa la doblez perfecta de una ciudad en la que conviven el orden burgués y la anarquía del deseo.

Pero entre el aventurerismo erótico de Bruno y el descubrimiento de los deseos de AleXandra, existe la permanencia del amor como memoria en la nostálgica presencia Margarita, un personaje secundario de la novela que, no obstante sus efímeras apariciones, atraviesa la narración como la única tabla de salvación del pintor. “Cuánta energía, cuánto tiempo, cuánta exasperación y exageración fueron invertidos en ese amor. Cuánta ansiedad. Cuánto desenfreno. Pero también cuánta desolación” (61). Margarita es el asidero a un pasado en el que el sueño era parte de la realidad: su regreso a la vida del pintor es la salvación frente a la soledad y un freno ante el vértigo de la existencia vivida como instantes: “¿Por qué no envejecer conjuntamente? ¿Por qué no prolongar el fin de un modo racional? Todo el mundo se jubila, ¿no?” (p. 296).

La ciudad es un espacio que ya no cree en utopías y que ha dado paso a una modernización sin alma. La ciudad, ese tema que Ubidia ha desarrollado a través de su obra, confirma su crecimiento: desde la ciudad despreocupadamente alegre de la época petrolera cuya transformación es una cuchilla en el espíritu del celoso marido, el narrador homoautodiegético de Ciudad de invierno, pasando por la ciudad contemplada por la mirada curiosa del insomne Sergio de Noche de lobos, hasta la ciudad cínica de finales de siglo en un país gobernado por el Príncipe Idiota donde la pus de la corrupción se desborda. Bajo este marco, esta novela, que pronto habrá de convertirse en un texto memorable de nuestra literatura, desarrolla una intriga de amor y otra de estafa financiera y chantaje que mantendrán en vilo a sus lectores.

Como antítesis del espacio de la ciudad está el espacio de la madriguera: útero en donde el artista está a salvo de la ciudad agresiva, lugar en donde la utopía de la vivencia libre es posible, refugio que posibilita la sobrevivencia del pintor. La madriguera para Bruno, en concordancia con la definición del diccionario —lugar retirado y escondido donde se oculta la gente de mal vivir”—, es la cueva simbólica de aquél que se niega al buen vivir, es decir, de aquél que, como una resistencia política del espíritu, se niega a aceptar el cinismo como norma moral, de aquél que todavía cree que el arte es una dificultad que se adquiere en la medida en que uno anhela ser auténticamente artista, de aquél que se rebela contra la banalidad de la cultura light. La madriguera es ese no–lugar que, a pesar de sí mismo, es posible como el último reducto que le pertenece plenamente a Bruno, al que Bruno —perdido en una ciudad que confunde arte con diseño y emoción estética con bonito—, pertenece.

La Madriguera, entre sus múltiples aristas de significación, es también un texto que reflexiona constantemente sobre la dificultad inherente a la creación artística y la frustración del artista frente a aquella dificultad: “…el arte era sólo una pura tensión; la tensión entre lo expresado y lo que quiso ser expresado” (p. 58), piensa Bruno. Él, que vive viendo los cuadros que quiere pintar y cuya descripción hace de la novela, en tales parajes, una suerte de catálogo de una imposible obra plástica narrada, conoce íntimamente el fracaso de esa tensión irresuelta: “…no poder reproducir en un cuadro, algo, al menos lejano, que expresase aquella sensación entre ‘épica y lírica’ de plenitud, esa suerte de meta soñada, de playa feliz, de paraíso que aguardaba y existía en alguna parte del universo” (p. 57).

En este nivel de sentido, Ubidia ha introducido al personaje de Armando, el escritor, que “no estaba metido en ninguna aventura ni búsqueda existencial como no fuese la literaria” (p. 327) y que, al final, jugará un papel decisivo en la resolución de la trama novelística y, a través de cuyos trabajos, el autor, en transparente relación con su lector, expone sin complicaciones las claves fundamentales de la novela; un escritor cuyo objetivo es perseguir “el sentido de una época que lo mezquinaba y escondía muy bien” (p. 328). Y es que La Madriguera es eso: una búsqueda de sentido al cínico sin sentido de un tiempo en el que se cree que la historia ha terminado.

La Madriguera es también una novela de escritura lúcida que convierte en materia de la ficción los debates culturales del mundo contemporáneo; un texto que basa su fuerza en la sobriedad de su narración; una escritura que domina el arte de contar una historia. En la novela de Ubidia, todas las reflexiones, ya sean de carácter cultural o ya de tono político, están imbricadas en la trama novelística: no son aditamentos ornamentales a la narración; por el contrario, son partes imprescindibles de la estructura narrativa, de los bloques de sentido, de la construcción del drama de los personajes. Esto convierte a la novela de Ubidia en un texto a contracorriente de la literatura banal que ha impuesto el mercado de la novelística light de estos tiempos. Con esto no quiero decir que estamos ante una novela densa, intelectual, en el sentido aburrido que tienen tales palabras; de ninguna manera: esta novela es de una velocidad narrativa cautivante que requiere de lectoras y lectores inteligentes para la plenitud de su goce estético.

La Madriguera es, además, una novela de estremecedoras resonancias éticas construidas en la estructura misma del drama novelesco, en el alma de los caracteres y su evolución. Un texto que pone en evidencia la doblez para combatirla desde el desgarramiento interior del personaje de Bruno enfrentado a una ciudad doble, a una AleXandra doble, a una identidad propia doble; un texto que nos dice que todos los habitantes de este tiempo están caracterizados por el cinismo y la ausencia de utopías y que son Géminis irredentos en cuyo espíritu conviven las fuerzas del Bien y del Mal. La ciudad es, metafóricamente, la madriguera de los insaciables y cobardes Géminis, es decir de todos sus habitantes: cada uno de nosotros, cómplices en la lectura, tiene un secreto que lo atormenta, que le muestra ese rostro oculto que se revela en el espejo implacable de nuestra mirada íntima.

En síntesis, La madriguera, de Abdón Ubidia, es una novela que revela el oficio de un escritor que nos ha tenido acostumbrados a una literatura construida con rigor; novela de palabra exacta y un lenguaje narrativo deslumbrante y vertiginoso; novela con todos los méritos para convertirse en una referencia obligada para la tradición literaria de Nuestra América; novela que, a través de la invención de un personaje memorable, indaga profundamente en las contradicciones existenciales del ser humano que, heredero de los ideales del pensamiento moderno, se ve enfrentado al cinismo doloroso de la posmodernidad.